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lunes, 29 de junio de 2015

Gastón que asegura haber intercambiado opiniones con dos patriarcas como Hugo Bilbao y Edwin Tapia sobre el despiadado humanismo que impera en el medio actual y la encíclica papal sobre la Ecología y de un libro infantil que le laceró el alma por su musicalidad y fondo educativo de Luz Cejas que le tocó presentar...

La prolífica escritora Luz Cejas de Aracena, presentó su último libro titulado “La Guarida del Dragón”. Se trata de un cuento en verso, hermosa literatura infantil de profundidad educativa con una versificación que incita a evocar a Rubén Darío, a Gabriela Mistral. Autora de más de una veintena de textos de hermoso formato y gran contenido. Es miembro activo de la Unión de Poetas y Escritores de Cochabamba, de la Asociación Latinoamericana de Poetas; y ha recibido distinciones de varias instituciones literarias, legislativas y universitarias nacionales y latinoamericanas. A propósito de la entrega de la obra aludida debo relatar algunas incidencias de contexto. 

En una reunión familiar tuve el honor de dialogar con dos intelectuales de fuste, el Dr. Hugo Bilbao La Vieja y Edwin Tapia Frontanilla, siempre prestos al debate reflexivo, a la provocación de temas filosóficos; esta vez: el porvenir de la Humanidad. Luego de una breve lectura de la violencia mundial, concluimos pesimistas, insistiendo en que dominan las fuerzas del mal pues por todas partes se advierte crisis de convivencia hacia el fin de la historia humana; quedamos con un sabor amargo de desesperanza.

Casi simultáneamente, escuché la conferencia de un alto miembro de la Cruz Roja Internacional, Hamid Jamshidi. Un experto en salvamento y protección de niños en situaciones de guerra. Demostró con imágenes patéticas el sufrimiento provocado por la maldad de los que gobiernan el mundo y provocan hambre, desamparo, orfandad, trauma, miseria, en el Asia, Africa, Europa, y en nuestro continente americano. Los que generan sufrimiento infantil y por la falta de ética, dan lugar a seres humanos proclives a la delincuencia y a la maldad intrínseca. La misma conclusión: especie humana carente de fraternidad, en riesgo de explosión demográfica, ecocidio, estallido nuclear planetario. Fin de la historia.

Frente estos temas registré dos eventos de esperanza. Primero la Encíclica Papal “Laudato Sí”. La Carta Magna de la ecología integral. El Grito de la Tierra-el Grito de los Pobres, del papa Francisco. Constituye un hito revolucionario donde se asocia la ecología Integral con la reivindicación social. De trascendencia política, ordena dar fin a la era del antropoceno en que estamos inmersos. Cuidar la Casa común, salvar la Creación de la Madre Tierra con toda la vida que contiene. Relievar la fraternidad universal. En realidad, esta Encíclica nació en Tikipaya cuando Leonardo Boff y Miguel d´Escoto elaboraron juntos “La Carta de la Tierra” y “La Ley de la Madre Tierra”, importantísimos documentos sobre las cuales elaboró el papa Francisco su sapiente y revolucionaria Encíclica. 

Luego, di lectura al hermoso libro de literatura Infantil de Luz Cejas. Sus versos cual las Rondas Infantiles de Gabriela, gustarán a todas las niñas en floración de virtudes. La musicalidad y el fondo educativo asociados llevan, con naturalidad y sencillez, a asumir valores morales en el proceso de formación de un ser superior creativo y bondadoso. Ese el valor de la obra enmarcados en el magisterio de la grandeza. 

Gracias a estos dos últimos sucesos, permuté mi pesimismo en renovada esperanza existencial. Sí, entre todos debemos asumir un cambio de conducta y de conceptos; nuevos referentes y paradigmas redentores. Se impone humanizar la tierra. Esculpir con amor el alma de los niños. Darles, desde el inicio de la vida, un sentido de coherencia moral para que siendo mayores tengan siempre el privilegio de pensar, sentir y obrar en lógica coherencia. Pedí aplausos a la insigne escritora artista.

viernes, 29 de mayo de 2015

un paseo por la novela boliviana. a grandes rasgos Manfredo Kempff Suárez nos lleva de la mano la cambiante semblanza de nuestra novela desde los orígenes de la República, el indigenismo, la Guerra del Chaco, la Revolución, sigue los cambios de la literatura y se adentra en el alma boliviana, para terminar con sus contenidos moder nos, libres del dogma y de lo nacional.

Ahora que transitamos por la Feria del Libro de Santa Cruz viene al caso recordar cómo en la Bolivia de la mitad del siglo pasado, estuvimos íntegramente apegados a la novela de la tierra o al indigenismo, con Arguedas, Chirveches, Medinacelli, Costa du Rels y otros más. Por ahí aparecerían dos cruceños que nos dieron lustre: Enrique Finot y Alfredo Flores. Después llegaría Enrique Kempff Mercado con su celebrada “Pequeña Hermana Muerte”, pero las circunstancias ya habían cambiado. Antes, nuestros novelistas daban una visión muy peculiar de lo que era el hombre boliviano en su medio, en la meseta fría, los valles templados o la llanura cálida. Eran los tiempos del amor inocente en los villorrios quietos y soleados.
Eran épocas en que la literatura no se daba licencias como para arriesgar con el sexo ni con los problemas sicológicos que podían espantar a los pocos lectores de una sociedad pacata. Todo era lento, puntilloso y con personajes vacíos y tímidos. Se escribía entonces no tanto para el disfrute como para la reflexión, no para el regocijo del autor sino para una esperada gloria que no admitía frivolidades. Había de sobra autores atrevidos en otras partes del mundo para leerlos a hurtadillas y a la luz de la vela, sobre escándalos amorosos, sexo furtivo y otras cosas que no podían tolerarse en las casas decentes, donde las señoritas estudiaban piano y leían poesía aunque les ardieran las entrañas, mientras que los jóvenes se hacían hombres sólo con el matrimonio o en la oscuridad de los patios de la servidumbre. En aquellas viejas taperas los padres hacían el amor – o simplemente procreaban – encerrados con  picaporte, sin chistar, para que nadie se enterara de que practicaban las aberrantes tentaciones de la carne, prohibidas en los catecismos religiosos si buscaban el gozo.
Luego de la guerra con el Paraguay vendría un cambio en nuestra literatura. La derrota había sido tan grande que los combatientes tenían algo qué decir de todo aquello. Y ese cambio viene desde las trincheras, desde los caminos polvorientos donde cayeron miles de jóvenes sin que nadie les explicara el por qué de su sacrificio. Ahí asoman con sus plumas aceradas aunque no del todo desenfadadas todavía, Augusto Céspedes, Gustavo Adolfo Otero, Cerruto, Otero Reiche, en una protesta a la que no se puede hacer oídos sordos.
La embestida no se queda en la crítica a la ineptitud de los conductores del conflicto, no se detiene en las acusaciones contra Salamanca o contra el comando militar, sino que va mucho más allá, a las raíces, que con mentalidad política revolucionaria, ven algunos : el enemigo es la oligarquía. Surge una literatura que podríamos llamar nacionalista. Es una figura un tanto vaga, pero señala algo, muestra que existen escollos para barrer, aunque en ello haya mucho de utopía. Ya no se trata, entonces, de remover del Palacio Quemado a un gobierno por otro, a un general por un coronel, se trata de cambiar el sistema imperante. “Metal del Diablo”, “El dictador suicida” y “El presidente colgado” del “Chueco” Céspedes, aparecen politizando la novela con una mixtura entre nacionalismo y populismo que provocan curiosidad y entusiasmo en una importante elite intelectual ávida de revolución y cambio.
Después, entre la década de los 60 y 80 se impone el “realismo social”, donde el autor asumía un compromiso político con la sociedad, desvirtuando muchas veces la novela. De antemano esa literatura estaba encuadrada en un argumento forzoso de donde saldría un mensaje a los lectores. La ficción, la inventiva, lo que hace placentera y atractiva la lectura quedaba maniatada, encadenada al dogma. Esto fue así y algunos autores muy valiosos que estuvieron alejados de aquel “realismo social” o novela “utilitaria”, fueron mal vistos y hasta menospreciados en los altos círculos literarios en boga, pese a su incuestionable calidad.
Hoy vemos que la novela se ha liberado grandemente del compromiso político. Ya se lo vislumbró con el “boom” cuando sus principales figuras se fueron aproximando más a la creatividad, la magia, la belleza, que a los mensajes fríos de la política. Por estos años la novela es mucho más libre porque enfoca temas cotidianos, del diario vivir, dedica mucho tiempo al sexo tema vital en el individuo, se sumerge en el cerebro humano escrutando pensamientos, mira la Historia y le arranca lo que puede apasionar al lector, pero está mucho menos sometida al compromiso encadenante del dictado partidario. Debemos felicitarnos de que en Bolivia disfrutemos hoy de una novela abierta a todas las mentes y que su lectura  produzca más placer que sacrificio.

lunes, 18 de mayo de 2015

himno, oración, odas por las enfermeras todas, aunque Gastón Cornejo "viejo cirujano" ha conocido tantas y tan meritorias que su texto adquiere dimensión histórica. Bien Gastón merecido homenaje al brazo derecho de los médicos "las abnegadas enfermeras"

Envuelta en el sayal piadoso de la misión fraterna, con tu erguida apostura de alba majestad ornada. Serena, imperturbable, meditativa, tierna, acudes presurosa allá donde el dolor lacera la esperanza. Elegida vestal de los mortales, predestinada de la albura en que la fe palpita; conoces la miseria que en silencio conspira, la angustia que yugula, el horror que calcina. Oblación de ternura, corola entumecida de pétalos floridos, cifra de amor que la humana gratitud consagra, humilde flor de arroyo. Dr. Federico Rivas Torrico. Bioquímico.

Ahora, mi homenaje personal como viejo cirujano que conoció, comprendió y admiró la distinguida profesión de enfermería, la más útil, benefactora y antigua consagración de servicio al ser humano sufriente. “Enfermera, noble apostolado, femineidad consagrada al alivio del dolor que estalla en llanto. Manos pródigas que acarician y generan serenidad y paz a pesar del sufrimiento; cual las manos de Cristo redivivo posadas con ternura en el soma que ya abisma su horizonte, por milagro inmediato, retornan la sanidad y la armonía homeostática. Replicada Madre Teresa de Calcuta, sin edad ni tiempo, en tu labor de ángel, restañas también las heridas sempiternas del espíritu. Profesional de Enfermería del tiempo posmoderno; a tu dulzura de mujer consagrada al servicio del prójimo, agregas sabiduría científica. Observas los eventos sucedidos en la interioridad de las entrañas, las ondas de energía que emergen del corazón, las solemnes del fuelle pulmonar, las del ritmo digestivo, la profundidad metabólica de las raíces orgánicas y las vísceras ocultas que trabajan silenciosas en urdimbre, conectadas siempre en favor de la vida. Enfermera, delicado ser que auxilia sin umbrales de fatiga, experta en la eficacia de la activa terapéutica; inyectas, movilizas, transportas, cooperas, proporcionas substratos; con rápida mirada de signos y de síntomas traduces la clínica objetiva, profetizas procesos, y cual nauta en bajel de vanguardia previenes riesgos, fomentas bienestar y condensas alegría en el alma de quienes requieren tu concurso. En tu diaria jornada, privilegias la bioética, suprema consigna insumida en tu conciencia, la portas cual presea, cuidadosa y digna. Tu compromiso no admite el peligro de un contagio, y sin reparo de riesgos, sin protesta alguna, a veces caes inmolada portando la bandera de la vida. En tu homenaje, la mejor salutación sensible es evocar la presencia intemporal y sagrada de todas las enfermeras pioneras que antecedieron las actuales de la salud obreras; significando el respeto que merecen todas y cada una de las multiplicadas heroínas. Al hacerlo, rescato con amor el recuerdo de Mirna Salinas caída en la trinchera, y pido la bendición de Dios para el ángel tutelar de la salud, para todas las enfermeras de la Patria. Cuántas heroínas conocí en mi larga profesión de cirujano: la Rda. Virginia Arnone del Pabellón en el viejo hospital Viedma; la Rda. Justina, encargada del quirófano en el hospital Setton; la Rda. Elyzabeth del Maryknoll atendiendo altruista a los pobres en Condebamba; la Madre Caroline Mayer, de Chile, ahora deCochabamba; la Madre Fulvia del Pio X; la Madre Estefanía que alimentaba a los pobres en sus visitas nocturnas; la enfermera Alejandrina Candia en cirugía mujeres 1º. Y enfermeras científicas, por miles. Yo privilegio con amor a mi enfermera esposa. Todas bondadosas y de enorme valor existencial e inolvidables. Honor y afecto a todas ellas en el Día consagrado a la Enfermera.

sábado, 2 de mayo de 2015

Pedro Shimose pronuncia su "requiem por Juan León" para evocar su memoria de sus tiempos comunes en Presencia, recuerda a otros colegas Cajías, Quirós, Andrade, Alfonso Prudencio, Alberto Bailey y Jaime Humérez que están con vida y son los grandes periodistas que hicieron Presencia...

Conocí a Juan León Cornejo (La Paz, 12.07.1942 – Cochabamba, 16.04.2015) en La Paz, un año antes de que el semanario católico Presencia se convirtiera en diario, el 1 de enero de 1960. Cuando empecé a trabajar allí, Juan había dejado de ser corrector de pruebas para convertirse en reportero especializado en asuntos políticos. Sus crónicas parlamentarias y palaciegas eran incisivas y originales. Juan sabía sacarle punta a la noticia corriente. 

Presencia fue una auténtica escuela de periodismo. Pobre de recursos, la Redacción parecía un aula donde los reporteros –casi adolescentes– aprendíamos las artes del oficio. El tecleo de las máquinas de escribir, los folios recortados, con tachaduras y pegados con engrudo, el olor a tabaco, a silpancho y sándwiches de chola, y la vocinglería de los redactores (entre bromas, consultas, intercambio de información y discusiones) nutren mis recuerdos de viejo periodista jubilado. Tuvimos la suerte de tener maestros de gran talla intelectual y moral: Huáscar Cajías, Juan Quirós, Carlos Andrade, Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), Alberto Bailey Gutiérrez, Jaime Humérez y Horacio Alcázar. Presencia nació del entusiasmo de un grupo de católicos laicos. El capital de la empresa éramos nosotros. 

Y allí estaba Juan, firme en sus convicciones. Era, ciertamente, otra época, otro periodismo y otra forma de concebir la profesión, casi un apostolado. Nuestro sueldo era miserable y, a veces, cobrábamos con retraso de hasta dos meses. Vivíamos de fiado y a salto de mata. Sobrevivimos porque éramos hijos de unos padres que alentaban nuestra vocación y apuntalaban con unos pesitos nuestra existencia precaria. Mal vestidos, los ricos y los políticos poderosos nos trataban como a unos ‘muertos de hambre’. En ese contexto debería ser recordado Juan León. 

Dejamos de vernos a partir de 1968, porque, antes de que me echaran formalmente, me fui de Presencia por mi propio pie, sin despedirme. Mi disidencia con la dirección se hizo patente en muchos aspectos y lo hecho, hecho está. Yo y mi familia lo pagamos caro. Luego vendrían las persecuciones y el exilio de toda una generación de bolivianos (1971-1982). A partir de ahí, quien mejor ha descrito la trayectoria vital y profesional de Juan León ha sido mi colega Humberto Vacaflor, en una insuperable necrológica llena de afecto y agudas reflexiones éticas (Mi hermano Juan / EL DEBER, 19.04.15]. Descanse en paz. // Madrid, 01.05.2015.

viernes, 17 de abril de 2015

Marcelo Ostria en forma poética se refiere a la ínclitaTarija, a las que cantaron tantos bades, es que siendo dilecta tierra de Bolivia, se destaca por su carácter, su entrega su belleza y su alegría.

Para algunos Tarija es un lugar ignoto, perdido y encerrado en un valle, casi en “un jardín sonriente”; para los nacidos allí, es una madre que, aun a lo lejos, nos cobija y nos llama. Para otros es fuego en el corazón que enciende recuerdos, fábulas e imágenes irrepetibles.
Tarija es el verso–cancionero, de Octavio Campero, verbo encendido de Alfaro, y candor de Robertito Echazú.
Tarija es la que lleva en sus faldas un río que, en las crecidas, baja “más macho que nunca” y que, pechando todo, se aleja dejando plegarias y esperanzas fallidas.
¿Tarija es solo una ciudad? Sí, es una ciudad; la que crece con amenazas e inquietudes.
Es, también, un sentimiento compartido que mueve hasta las lágrimas por gozo y por pena, por presencia y por ausencias.
Tarija siempre se reinventa. Nacen tradiciones y sepulta recuerdos. Es actual y sempiterna.  Es tránsito a la felicidad y pozo de añoranzas, y aun de tristezas.
Tarija  es única. Es tozudamente humana y siempre abriga quimeras. En su regazo, los que nos antecedieron, saben de su eternidad y de su espíritu que no se encierra en las calles ni en las avenidas. Saben, también, que Tarija es amor sin límites y pasión desmedida.
¡Cómo, a lo lejos, se extraña la tierra tarijeña

lunes, 23 de marzo de 2015

resulta que Juan Lechín Jr., es ya un dramaturgo famoso, con obras de teatro que se están exhibiendo nada menos que en Nueva York. menuda sorpresa para las letras bolivianas que no se esperaban tan buena noticia.


*A propósito del estreno  de la obra “Hierba mala nunca muere”
Estreno Mundial en Nueva York de la obra de Juan Claudio Lechin.
 *Por Hugo Horacio del granado

La literatura latinoamericana está llena de dictadores, sin embargo pocos son capaces de causar el miedo cerval que causa al espectador el que ha salido de la pluma de Juan Claudio Lechín y es que, hasta el día de hoy, no he logrado superar el inicial espanto que me ha causado ver al mismísimo demonio en el Este de Manhattan. La última vez que vi a un dictador caminar sobre las tablas del Repertorio Español, el pequeño teatro hispano ubicado a minutos del famoso Times Square de Nueva York, fue al Chivo, el famoso Rafael Leonidas Trujillo interpretado por Ricardo Barber en la adaptación de la famosa novela de Mario Vargas Llosa de Verónica Triana y Jorge Alí Triana. Estaba vestido de uniforme de gala y aunque a ratos causaba temor, éste no se comparaba con el miedo pánico que me causó el personaje central de la última obra de Lechín: Fidel Castro Ruz.
La trama de la obra de  teatro gira en torno a un anciano Fidel Castro preocupado por la organización de su funeral, la construcción de su mausoleo y a dos desatinados enfermeros: Patín (Sandor Juan) y Nataly (Idalmis García) que intentan sin éxito mandar al otro mundo a don Fidel, sin violencia eso sí, para evitar que termine convertido en un héroe. Por lo menos uno de ellos trabaja para el dictador suplente, Raúl el hermano, que quiere sumar el fratricidio a su ya extensa hoja de vida (o de muerte en este caso). Alfonso Rey interpreta al jefe del G2, el temido cuerpo de inteligencia cubano, y también a Hugo Chávez, quien en medio de un ataque de incontinencia verbal le recuerda a Fidel, el sátrapa jubilado, que "los Persas inventaron al demonio, al diablo". 

La trama está llena de momentos hilarantes porque el Fidel de Lechín es, en apariencia, un personaje esperpéntico de un racismo rampante y anacrónico y sus supuestos verdugos son tan incompetentes como el burócrata socialista promedio. El alborozo llega a la cúspide  cuando Hugo Chávez es manipulado y convencido, en un momento revelador, por un Fidel súbitamente lúcido, de entregar 100 mil barriles de petróleo para salvar a la pobrísima economía cubana.

Y es que el Fidel Castro interpretado por el magnífico Germán Jaramillo es, en apariencia, un inerme viejecito enfundado en un buzo rojo marca Adidas, postrado en la cama de un hospital geriátrico,  un vetusto dictador que ha perdido la noción del tiempo y del espacio, una especie de decano de los dictadores dado a dar discursos disparatados durante sus desvaríos. En fin un anciano que merece la compasión y solidaridad más que el miedo o el desprecio del espectador. Sin embargo, el anciano, en apariencia inofensivo, es en verdad el mismísimo demonio. Un demonio lucidísimo capaz de sacar 100 barriles a una persona a la que minutos antes apenas recordaba y es que la aparente inocuidad, oculta la monstruosidad del personaje. Este es un recurso usado frecuentemente en las películas de terror y en fábulas populares, la del niño inocente que en verdad es un feroz asesino o el típico "lobo disfrazado de oveja". Este recurso es enormemente efectivo en la obra porque nadie espera la crueldad, ferocidad y cinismo que saldrán del anciano personaje que padece de demencia senil y de alucinaciones. 

Tengo la impresión, conociendo la obra de Juan Claudio Lechín, de que este recurso no es de ninguna manera un simple recurso dramático para espantar a la audiencia, sino que está ahí para recordar al espectador más avispado de uno de los aspectos más escalofriantes de todo gobierno con tintes fascistas, el "torvo arte" que el gobierno del Fidel Castro de carne y hueso viene practicando hace más de 50 años para engañar a su país y a la opinión pública mundial. Un ejemplo del uso del “torvo arte” en la vida real es el uso por el régimen de los pioneritos, los inocentes niñitos cubanos de pañoleta azul o roja, para custodiar las urnas y que de verdad son la fachada del fraude masivo que son las elecciones cubanas. 

Lechín en su libro Las Máscaras del Fascismo (Lima, 2011) nos recuerda esto y de cómo el régimen de Castro "monopoliza la ferocidad del poder y la exhibe como rondas infantiles". En la obra de teatro de Lechín la feroz tiranía fascista está solapada, oculta, detrás de la chochera de un anciano vestido a la moda del Chapulín Colorado. Lechín emplea magistralmente este recurso para darle textura a una obra muy rica que, además de ser enormemente divertida y ser una reflexión sobre la inmutabilidad de los canallas, está más emparentada con el teatro épico en el que las ideas son más importantes que la acción dramática, que con las comedias de Moliere o las del genial Jean Francois Regnard a las que hace frecuentes guiños.

El diseño de escenografía y vestuario estuvieron a cargo de Leni Méndez y Fernando Then, la dirección a cargo de la brillante directora cubana Leyma López. La obra se presentara hasta fines de junio en la ciudad de Nueva York.

·Hugo Horacio del granado es guionista y reside en Washington dc

jueves, 12 de marzo de 2015

vivió gran parte de su vida en Bolivia habiendo nacido en Jujuy. se aposentó en Tupiza donde sin duda le harán un monumento. Liber Forti deja profunda huella

Previus: antes de ofrecerles un segmento del texto que publicó Los Tiempos en su suplemento LECTURAS, unas palabras dirigidas a su viuda Gissela Derpic, digna dama potosina que ocupó las más altas situaciones en su ciudad natal, como su padre, amigo y camarada Jorge Derpic uno de los fundadores de la Democracia Cristiana junto con Remo Dí Natale, Benjamín Miguel, Luis Ossio, José Bustamante Pérez, Eduardo Bracamonte, José Zanabria, Antonio Ivanovic. Gissela estuvo junto a Liber hasta el último minuto. Aquejado por una dolorosa enfermedad, escribió un testamento muy severo, prohibiendo se le hiciera homenaje alguno y que sus seres queridos hicieran desaparecer pronto sus restos mortales y que éstos no sean expuestos a exposición alguna.

Dicen que el padre quizo bautizarle como Liber (Libre) como él mismo había asumido el apellito Forti. la combinación resultó en Libre y Fuerte que podría resumir el destino del más grande anarquista de la hisoria de Bolivia. Convirtió sus convicciones en una forma de vida y su vocación lo llevó a perseguir dos objetivos ser sindicalista y ser comunicador por medio del teatro.

En cuanto a sindicalista muy pronto se apego a la Central Obrera, a la Federación de Mineros y se convirtió en su irrenplazable Secretario de Cultura, así asesoró a Juan Lechín durante muchos años y en los tiempos de persecusión resultó víctima de los regímenes de facto y de otros que veían en Liber Forti al "cerebro gris del lechinismo" no en vano el gran líder lo necesitaba en todas las ocasiones, especialmente en las más difíciles y peligrosas. Gran parte de los aciertos de Lechín se debieron a Forti, y si la Federación de Mineros y la misma COB mantuvieron su independencia política de los partidos y de los gobierno le tienen que agradecer a Liber Forti que con inteligencia, sagacidad y mucha paciencia, libró a Lechín, a Reyes, a López de la tentación de convertirse en satélites de los gobiernos de turno.

Y su tarea artística se plasmó en fundar y sostener durante décadas la escuela de teatro más famosa y renombrada de Bolivia "Nuevos Horizontes" que funcionó y aún pervive en su querida ciudad de Tupiza. Resultará interesante conocer la historia de esta escuela, que en realidad se convirtió en una especie de "universidad de la vida" por sus aulas pasaron grandes personalidades del Teatro, la Radio, la Televisión y el Cine. De los que conocimos nombramos algunos, otros serán sumados a esta lista por los partícipes de aquella escuela. Lalo Lafaye, Mario Soria, Jorge Lora, Hugo Sánchez Careaga, Humberto Vacaflor, Mario Castro, Julio César Bellot, allí aprendieron a impostar la voz, a dominar flexiones y su volúmen y matices, los formó oradores, locutores de calidad, actores dramáticos y comediantes.

De las obras que más impactaron recuerdo al menos dos "Esopo el Esclavo" y "El Inspector" de gran impacto y de las que esperamos se conserven los registros magnetofónicos. Se cuentan por decenas las obras del infatigable director y su fiel compañera Ana Santiago que le supo acompañar en los tiempos de cárceles y exilios.

Anarquista y ateo, lejos estuve de comulgar con Liber Forti, humanista y cristiano que marcan mi horizonte.  Discrepamos por ejemplo en el manejo de los símbolos de la Cruz y el Escudo en la Segunda Conferencia Nacional de Locutores de Radio que nos tocó organizar en Siglo XX, aunque nuestros primeros contactos sucedieron en el Segundo Congreso de Estudiantes de Secundaria en Vallegrande (1956 si estoy acertado) y en otras circunstancias de colisión entre las radioemisoras La Voz del Minero y Pio XII de Siglo XX.
Esta introducción sirva como un apunte para el gran libro sobre el gran Liber Forti será presentado por su viudad Gissela Derpic desde Tarija donde cerró sus ojos.