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sábado, 2 de enero de 2016

se solaza Pedro Shimose cuando escribe sobre Marcelo Rivero cuyo texto le causa efluvios, recuerdos, atmósfera familiar y lugareña, sembrador de sueños y esperanzas el verbo de Rivero Mercado expresa el coraje de los justos y ponderados.

Una de las primeras cosas que hago los miércoles es buscar, en las páginas de EL DEBER, el artículo de don Marcelo Rivero Mercado (Santa Cruz de la Sierra, 14.02.1938) y deleitarme con su lectura siempre aleccionadora. Sus crónicas me atraen por cuatro motivos:

1) Porque su lenguaje es elegante como su persona. Y directo y sencillo como es él cuando está de palique. Cuando lo leo, me parece estar leyendo a esos periodistas cruceños y benianos que se carteaban, en el siglo pasado, con miembros de la Real Academia Española. Eran los tiempos de Virgilio Oyola, Plácido Molina Mostajo, Juan B. Coimbra, Miguel Domingo Saucedo, Félix Sattori Román y Alberto Natusch Velasco. ¡Qué tiempos! ¡Qué escritores! 

2) Porque me gusta su prosa brava y pulquérrima cuando critica a quienes afean la convivencia ciudadana con sus bocinazos y sus humos apestosos a gasolina, en una desmadrada urbe de calles que han perdido su encanto y se han vuelto angostas para tanto auto, camión, autobús y taxi enloquecidos. Ni qué decir de los vendedores ambulantes que invaden aceras y calles, y ocupan plazas y hasta barrios enteros para desesperación de los peatones. ¿Cómo no estarle agradecido?

3) Porque nos transmite el aroma clásico de una lengua viva en la obra de esos periodistas cambas que le precedieron: Fabián Vaca Chávez, Félix Bascopé Gonzales, Heberto Áñez, Huáscar Cajías, Lucas Saucedo Sevilla, Raúl Otero Reiche, Aquiles Gómez Coca y Pedro Rivero Mercado, su hermano, sin cuyo espíritu emprendedor, vocación de servicio y capacidad de trabajo el periodismo cruceño no sería lo que es hoy. 

Y 4) Porque, con la sabiduría que dan los años, dice las verdades del barquero, según el tema, el personaje y la ocasión, sin miedo ni remilgos.

Desde que ingresa en la Redacción de EL DEBER, a don Marcelo ni se lo siente. Callado, ensimismado, reconcentrado en sus lecturas, siempre está donde está, ayudándonos a ver la realidad local y nacional con mirada exigente y juicio a veces benévolo, a veces inflexible, pero siempre ponderado. Será porque quiere a su país con el coraje de los justos y esa pasión de los sembradores de sueños y esperanzas. ¡Salud! // Madrid, 01.01.2016.