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sábado, 2 de mayo de 2015

Pedro Shimose pronuncia su "requiem por Juan León" para evocar su memoria de sus tiempos comunes en Presencia, recuerda a otros colegas Cajías, Quirós, Andrade, Alfonso Prudencio, Alberto Bailey y Jaime Humérez que están con vida y son los grandes periodistas que hicieron Presencia...

Conocí a Juan León Cornejo (La Paz, 12.07.1942 – Cochabamba, 16.04.2015) en La Paz, un año antes de que el semanario católico Presencia se convirtiera en diario, el 1 de enero de 1960. Cuando empecé a trabajar allí, Juan había dejado de ser corrector de pruebas para convertirse en reportero especializado en asuntos políticos. Sus crónicas parlamentarias y palaciegas eran incisivas y originales. Juan sabía sacarle punta a la noticia corriente. 

Presencia fue una auténtica escuela de periodismo. Pobre de recursos, la Redacción parecía un aula donde los reporteros –casi adolescentes– aprendíamos las artes del oficio. El tecleo de las máquinas de escribir, los folios recortados, con tachaduras y pegados con engrudo, el olor a tabaco, a silpancho y sándwiches de chola, y la vocinglería de los redactores (entre bromas, consultas, intercambio de información y discusiones) nutren mis recuerdos de viejo periodista jubilado. Tuvimos la suerte de tener maestros de gran talla intelectual y moral: Huáscar Cajías, Juan Quirós, Carlos Andrade, Alfonso Prudencio Claure (Paulovich), Alberto Bailey Gutiérrez, Jaime Humérez y Horacio Alcázar. Presencia nació del entusiasmo de un grupo de católicos laicos. El capital de la empresa éramos nosotros. 

Y allí estaba Juan, firme en sus convicciones. Era, ciertamente, otra época, otro periodismo y otra forma de concebir la profesión, casi un apostolado. Nuestro sueldo era miserable y, a veces, cobrábamos con retraso de hasta dos meses. Vivíamos de fiado y a salto de mata. Sobrevivimos porque éramos hijos de unos padres que alentaban nuestra vocación y apuntalaban con unos pesitos nuestra existencia precaria. Mal vestidos, los ricos y los políticos poderosos nos trataban como a unos ‘muertos de hambre’. En ese contexto debería ser recordado Juan León. 

Dejamos de vernos a partir de 1968, porque, antes de que me echaran formalmente, me fui de Presencia por mi propio pie, sin despedirme. Mi disidencia con la dirección se hizo patente en muchos aspectos y lo hecho, hecho está. Yo y mi familia lo pagamos caro. Luego vendrían las persecuciones y el exilio de toda una generación de bolivianos (1971-1982). A partir de ahí, quien mejor ha descrito la trayectoria vital y profesional de Juan León ha sido mi colega Humberto Vacaflor, en una insuperable necrológica llena de afecto y agudas reflexiones éticas (Mi hermano Juan / EL DEBER, 19.04.15]. Descanse en paz. // Madrid, 01.05.2015.