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martes, 31 de enero de 2017

ahora que la lluvia está de moda, Roberto Navia se pone melancólico y evoca la lluvia como la constante en el discurrir del amor, de los recuerdos y de la literatura donde la prosa de García Márquez, de Juan Rulfo, de Cortázar y Martín Caparrós la invocan en su faena.

La lluvia cae musical como un poema de Benedetti. Cae sobre el patio de la casa infantil, aquella que era alquilada y ajena y donde mamá siempre decía que le encantaba el olor a tierra mojada. Ella respiraba profundo, como si fuera su última o su primera bocanada de aire con sabor a un plato exquisito que solo se disfruta con el lenguaje del alma y con los ojos cerrados. Cuando mamá luchaba por su vida, conectada a todos los cables del mundo de la p... terapia intensiva, yo le dije –para animarla, sin saber que me escuchaba– que estaba lloviendo en Santa Cruz y sentía que me apretaba la mano.

Cae la lluvia sobre la piel y sobre los cuerpos que están acostados a un costado de la piscina campestre y donde él le dirá a ella, o ella a él, que solo por este momento valió la pena vivir. La lluvia caerá toda la noche sobre el tejado con musgos y al amanecer seguirá lloviendo dentro de la garganta. Los saludos de los buenos días saldrán mojados, como nunca y para siempre. No sé cuántas veces le dije que la lluvia me encanta, como me encanta la música de Sabina, de Serrat, de Julio Iglesias, de Enya; o la prosa de García Márquez y de Juan Rulfo, de Cortázar y de Martín Caparrós. No sé cuántas veces lo hice, pero sé que se lo seguiré diciendo, porque recuerdo cuando llovió en el primer otoño de nuestra vida y la gran ciudad se mojaba como una mujer acalorada y desde la ventana veíamos cómo el árbol de hojas amarillas se sacudía como un perro mimado. 

La lluvia pone las cosas en su lugar y también la lluvia las quita. La lluvia, cuando cae antes de cada viaje, acompaña como acompaña el buen equipaje, se mete en la mochila, en los botines cafés que ella me los puso apoyada en la ventana desde donde contemplamos el arribo de los vientos que anticipaban las primeras gotas de agua. La lluvia también limpia las miradas que se ensucian cuando falla la comunicación. Llueve sobre los ojos, sobre el barrio Latino de París, sobre las llanuras de Oklahoma, de la Gran Manzana de Nueva York, de los canales de Brujas, de la lejanía de Tariquía, de la playa de Alicante, de los muros futuros de Trump. Llueve sobre la vida que añora los poemas de Benedetti