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martes, 10 de septiembre de 2013

Ramón Rocha acertado cuando describe Cochabamba apelando a distintos autores de tiempos diferentes. su clima. su paisaje. su campiña y su producción. Bien hecho !ojo de vidrio!

Uno ama su paisaje por inhóspito que sea, pero los cochabambinos sentimos un bienestar muy particular desde chicos, tan sólo por haber nacido en este valle tibio, rodeado de una cadena montañosa que nos cobija, donde nos criaron al aire libre, siempre dispuestos al esfuerzo físico del paseo en bicicleta, del trote o, mejor aún, de los deportes de competencia. Desde la laguna Alalay o en el tramo de la Ciclovía que bordea el cerro de San Pedro, o en las alturas del Cristo de la Concordia, cómo de majestuoso se ve el paisaje. Hay un punto de mira en el puente Cobija que me encanta por la vista de la cordillera. Esos cerros inmensos parecen patas de león o de esfinge. Cuando el sol se entra, vuelven la mirada al ocaso como si presentaran armas. Es un espectáculo inolvidable.
Siempre me ha gustado imaginar qué sentirían los primeros viajeros que llegaron a este valle cuando terminaron de atravesar un paso en la cordillera y de pronto se abrió a sus pies el valle cochabambino. El primer viajero ilustre que llegó a Cochabamba fue el inca Huayna Kapac, poco antes del año del descubrimiento. Dicen que en aquel tiempo era más importante Pocona, porque estaba ubicada en uno de los confines del imperio y era centro de acopio de la hoja de coca y puesto militar contra las invasiones de los pueblos del trópico que seguramente ascendían a asolar el imperio por Montepunco, puerta del monte. A Huayna Kapac le encantó este valle y se reservó para su augusto reposo lo que hoy es Queru Queru. Dicen que le pareció muy despoblado y le explicaron que era porque los pueblos originarios habían sido trasladados a Quito como mitmaes. Sus descendientes tienen oficina y representación en el Parlamento. Son el pueblo de los salasacas y guardan la memoria de haber nacido acá, en Cochabamba.
Cochabamba era un valle inmenso y lleno de ojos de agua y arroyos, cortado por el actual río Rocha que regaba bosques, alfalfares y sementeras. ¿Qué sentirían los primeros españoles al contemplar por primera vez este cuenco de vida que los incas llamaron Khochapampa? No es difícil imaginarlo, porque hay testimonios de numerosos viajeros que llegaron en los siglos XVIII y XIX, con la ventaja de que eran viajeros científicos, estudiosos de la geología, la flora, la fauna y cuantas maravillas brindan la naturaleza y el hombre.
Cómo de riesgoso habrá sido viajar en esos tiempos. Hay múltiples crónicas de viajeros de Europa que hacen dramáticas descripciones de parajes por los cuales viajamos hoy sin problemas, en carros de lujo y sobre una faja asfáltica que desciende suavemente al trópico. Hablo de Colomi, Corani, y la entrada al Chapare, que en los primeros años de la República sólo tenían senderos abiertos por los viajeros indígenas.
Aún así se aventuraban cada vez más lejos, pero todos coinciden en su admiración por las riquezas de nuestro valle. Monseñor Francisco Pierini, quien había sido exprefecto de las Misiones de Guarayos y Chimoré dio una conferencia en 1909 que fue registrada en El Heraldo y El Ferrocarril en la cual no disimula su entusiasmo por el valle de Cochabamba.
“Su afamado valle, las pendientes de sus cerros y sus colinas son de una fertilidad incomparable en granos, legumbres, frutas y productos de toda clase, gozando de un clima templado, admirablemente benigno; sus viñas nacientes dan vinos iguales a los mejores de Burdeos y no desesperó de ver todas sus faldas, desde las alturas del Tuti hasta más allá de Capinota y Apillapampa, plantadas de viñas feraces. De cualquier horizonte que el viajero entre en las campiñas de la heroica ciudad, no sabe qué admirar más, si el paisaje pintoresco lleno de vida, de cultivos, de fábricas de alcoholes, cervezas, de viñedos, trigales y vegetales, manifestando la actividad laboriosa de los habitantes, o la gran cadena de cerros, dominados por el majestuoso Tunari, el cual como centinela alerta, parece cuidar y proteger la ciudad dormida a sus pies en medio de fértiles campiñas; por sus alturas nevadas corren vientos suaves, que refrescan ciudad y cosechas; mientras que de las entradas de la cordillera vierten aguas cristalinas, torrentes impetuosos, algunos de los cuales ya alimentan usinas y molinos eléctricos, mientras que en los precipicios y abismos anfractuosos de sus picos elevados a 4.000 metros de altitud, se ha sabido almacenar, por represas potentes, millones de metros cúbicos de agua, para riego permanente del valle”.
El autor es cronista de la ciudad