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viernes, 17 de febrero de 2017

cuatro conceptos de cuatro distintas obras. no confundir porque podría conducir a graves confusiones...fruto del llunkerío el museo de Evo que dice mal de un revolucionario. porqué no imitar a Fidel que no quizo monumentos, ni calles,, ni pueblos, ni estatuas con su nombre"


Muros y murallas, museos y mausoleos

Las murallas se construyen para impedir la invasión de tropas hostiles a las ciudades o territorios asediados, tal el caso de la Gran Muralla china y las murallas troyana, española (Ávila), israelí (Cisjordania) y la norteamericana, que Bush inició (1.000 km construidos) y que Trump pretende concluir (2.000 km más) para cerrar el paso a los inmigrantes mexicanos ilegales.

En Sudamérica, Chile intentó sin éxito levantar una muralla en la frontera con Perú, mientras hoy autoridades del norte argentino sugieren levantar una muralla en la frontera con Bolivia. También se da el caso contrario. En 1960 se construyó el Muro de Berlín para impedir la fuga de los alemanes de Berlín Oriental (sector comunista) hacia el Berlín Occidental (sector capitalista).

En cuanto al ‘museo de Evo’ –inaugurado en Orinoca, pueblo natal de Evo– no es el “museo de Evo”, dice el Gobierno, sino el Museo de la Revolución Democrática y Cultural. ¿La revolución de la nación aimara del “se le mete nomás”? ¿La revolución democrática, según la “lógica aimara”? ¿La revolución cultural aimara? 

Sucede, sin embargo, que el ‘museo de Evo’ no es un museo, es un mausoleo. Y los mausoleos, como su nombre indica, recuerdan al sátrapa Mausolo, constructor en Halicarnaso (colonia griega en Asia menor) de su célebre tumba, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. El ‘mausoleo de Evo’ no aspira a ser una de las Siete Maravillas del Siglo XXI, pero el ‘llunquerío’ ya anda diciendo que es ‘patrimonio de la humanidad’, porque para los aimaras –según un ministro cruceño– (el mausoleo) “tiene un valor divino”. ¿Y qué valor tiene para los contribuyentes bolivianos, que son los que han pagado el invento?

La idea de construir un mausoleo en Orinoca no es de los actuales chupatetillas; fue concebido nada más llegar Evo al poder, en 2006, mediante decreto ley. ¿A quién se le ocurrió la idea? ¿Hubo licitación para contratar al arquitecto y a la empresa constructora? ¿Cómo se llama el arquitecto aimara que lo diseñó? ¿Frank Gehry? ¿Norman Foster? ¿Por qué su estilo arquitectónico no se inspiró en la casa donde nació el Jefazo? Los aimaras pudieron emular al ‘kara’ Emilio Villanueva (1888-1970), arquitecto creador de un estilo ‘tiahuanacota’, plasmado en el estadio Hernando Siles de La Paz (1930) y en el edificio central de la UMSA (1948). 

Evo, como su cumpa Néstor Kirchner, ha inaugurado, en vida, su mausoleo, pero Evo es insuperable. En 2008 (recordemos el ‘caso Porvenir’) fundó un pueblo que lleva su nombre: ‘Puerto Evo Morales’, en el departamento Pando. Y aquí surge la obligada comparación. Fidel Castro (Hermano Mayor de Evo) no tiene mausoleo en su pueblo natal Birán (Mayarí, Cuba) ni estatuas ni monumentos. Tampoco ha fundado pueblos que se llamen ‘Fidel Castro’. ¿Por qué? 

miércoles, 1 de febrero de 2017

Emetrio Reynolds anuncia "lo que dijo la Tia Julia" termino el texto y todavía no estoy enterado de lo que dijo, bueno en parte sí, pero no todo, sería interesante que Demetrio fuese más al grano con el contenido del libro de Julia Urquidi.


Lo que Julia dijo de Varguitas

Para  cualquier  arte es necesario  tener talento, pero también un ambiente que  estimule. A Mario le acompañó  la suerte desde un principio.  Los “plomos” del  “Leoncio Prado” le catapultaron violentamente hacia la fama quemando en vía pública su primer libro:  La ciudad y los perros. La curiosidad circuló por todo el mundo.¿ Qué  dice el autor desconocido  sobre el Liceo militar para levantar tanta roncha?

Hay recuerdos entrañables que resisten al tiempo. Mario Vargas Llosa, en el momento de su máxima gloria como escritor, Premio Nobel de literatura de 2010, rememora su infancia, “la edad inocente y feliz”, transcurrida en Cochabamba. Es cuando entonces  la conoció a la que había de ser, años más tarde, su primera esposa, la cochabambina Julia Urquidi Illanes.  

Cuando se vieron de nuevo en Lima (1954), Varguitas ya era otra persona, tenía 18 años y estudiaba Derecho en San Marcos. De distinta forma, ambos estaban ligados a la familia radicada en Lima. La madre del escritor era hermana de la esposa de su tío; y ésta hermana de Julia. Esta relación hizo que se vieran frecuentemente. Pero una noche  mientras bailaban, un beso furtivo de Mario precipitó el romance, aunque  Julia dijera: “he hecho muchas locuras en la  vida, pero ésta no la voy a hacer; no quiero ser corruptora de menores”.  No lo fue, pero su amor por Mario bordeó los límites de la locura. “Me enamoré como una adolescente”, dijo.

Ya casados, vivieron nueve años en Europa. En ese lapso,  los celos y otros azares de la vida  causaron una desavenencia dramática. “Te repito que ya no soporto más esta vida de infierno que llevamos por culpa de tus celos y tus obsesiones”, le dice el escritor a Julia en una nota. Y ella a su vez clama desesperada: ¡No me excluyas de tu vida!  En 1977, es decir,  13 años después de la separación, se publica  La tía julia y el escribidor. El autor dice que “no es una  autobiografía disimulada. Es una novela centrada en un escritor de radioteatros”. El tal  escribidor  es Pedro Camacho en el relato, pero es un personaje  real y oriundo de La Paz. “Para que no resultara demasiado artificial –dice Vargas– añadí en el texto mi primera aventura matrimonial”.  Fiel a su ideario, utilizó la verdad envuelta en una trama de ficción literaria.

Un día de 1999, con sorpresa recibe Julia un sobre que contenía un libro: “A Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos  yo y esta novela”. Sin embargo, la lectura le causa una honda desazón porque “se cambiaron muchas cosas y  se tergiversó la realidad”. Le reprocha también al escritor el haber divulgado intimidades sentimentales sin consultarle.  Y con el propósito de reivindicar su imagen, decide  publicar su propia versión en el libro  Lo que Varguitas no dijo (1983),   con otra dedicación en la tapa que dice: “A mi sobrino Vargas Llosa, de la tía Julia”. Y no obstante, el tiempo los volvió extraños.

El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.