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lunes, 13 de enero de 2014

Jorge Calvimontes poeta boliviano, autor de "La Noche de San Juan" referida a la masacre ejecutada durante el Gobierno de René Barrientos en respuesta a la decisión de rebajar salario a los mineros que además fueron agredidos. Gastón Cornejo le rinde a su muerte un inapreciable homenaje

Cuando muere un poeta, muere una estrella, y recién acaba de morir una especial en México, astro lejano y brillante con estela de luz nativa y raíz de altipampa. Apenas un suspiro de tiempo pasó cuando le conocí a la distancia y escuché su voz en la entrevista que allá le hiciera otro poeta de la pintura y el sentimiento, el maestro José Rodríguez.

Entonces yo escribí: Escucho su voz anciana sorprendiéndome como degusta pausadamente sus evocaciones de antaño. Lo observo contemplando acucioso los cuadros de belleza que la artista Carmen Villarroel le obsequia y en respuesta agradecida, Calvimontes retribuye con un verso en su quichua materno: “Yachachiwuay Khoriquenty/ Thikcajsta chonkharicuyta/ Nokhataj yachachiskhayqui/ Tucuysonkoy munacuyta” . Enséñame Oh picaflor/ a libar de las flores / que yo te enseñaré/ a querer con todo el corazón”.

Qué pena no haber escrito la añoranza a mi madre con el canto sublime suyo: "Cómo no mirar tu imagen/ convirtiéndose en mi sombra/ caminar en tus sandalias/ silenciosas/ y sentir tus manos tibias/ pintando sobre mi rostro/ la alegría de la vida. / No supe llorarte a tiempo/ y otras manos te enterraron./ Yo no sé de dónde vienes/ corazón de miga afable/ pero es cierto que hace tiempo/ no he dejado de llorarte". 

A muchos en Ginebra, escuché la voz del poeta, en otro ritmo y en tono mayor, un recitativo de Samuel Siles Alvarado: “La Fogata de San Juan”, del poeta que enmudeció al auditorio en el Primer Congreso Nacional de Poetas de Bolivia, en 1967, cuando denunció en Sucre, al otro día de la masacre de mineros en Llallagua y Siglo XX.

Hoy, viaja a la eternidad y el olvido cruel le amenaza. Yo recito su poema con vivo sentimiento de furia compartida; con él, invado la atmósfera del recinto familiar y, la sangre del corazón se detiene en mis entrañas: “Te lo juro hermano mío, yo solo vine a cantar/ pero en junio se ha encendido/ la fogata de San Juan/ con la vida de los niños que un día pidieron pan./…/¿Por qué has manchado el rocío con la sangre general?/. ¡Silencio!, niño, no te vayan a quemar/ …/¡Desgarrado siento mi pe…/ ¡Silencio!, te estoy matando/ ya no podremos cantar/ “Viva mi patria Bolivia” /ra ta ta tac tac/ Ay compadre, te he matado/ no debías protestar./ El fuego se está apagando/ las piedras van a llorar/ Sigan matando mineros/ soldados sepultureros del funeral nacional/…/ ¡Cómo han brillado esa noche/ tus galones General!/…/ Te aseguro hermano mío/ yo solo vine a cantar/ pero es tan profundo el frío/ que ha sentido un general/ que es probable que mañana/ también nos quieran quemar”.

Por asociación evoco también a Gonzalo Vásquez Méndez con su poema eterno “Mi país, nacido para el tiempo y la esperanza / ha descendido al fondo de la pena”. Se allega a la evocación Mario Lara López con su salmo a la guerrilla de Ñancahuazú “Cuando era el tiempo de torcerle el cuello a la pobreza, hacer del desempleo una piltrafa y ahogar la corrupción en un espejo”. Jorge Suárez pide la palabra lanzando un grito de amenaza: “Carajo, quiero un fusil / Dadme un fusil compañeros / Manuel ha muerto en abril”. Sí, con Jorge Calvimontes forman un corro de poetas esenciales. Se trata de un cantar de música excelsa en un mensaje profundo, aquel que iluminará el alba de la convivencia humana en nuestra Patria y en las otras; aquella que se pergeña como la futura Nación Humana Universal. Bendito Calvimontes, descansa en paz.