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viernes, 18 de abril de 2014

cuando este artículo salió a luz, Mario Vargas Llosa no había recibido aún el Nobel, y el resentimiento entra Gabo y Mario estaba latente. mucho se conjetura sobre la causa de haber tronchado tan linda amistad, lo cierto es que los dos biografos de García Márquez objeto de este estudio, no ocultaron ningún secreto y algunos aspectos de sus textos todavía no son muy conocidos.

De Mendoza a Saldívar
o Variaciones sobre Cien Años de Soledad

Por: Mauricio Aira Flores

Plinio Mendoza entrevistó a Gabriel García Márquez y publicó El Olor de la Guayaba; Dasso Saldívar además de entrevistarlo estudió cada período en la vida del gran novelista y publicó El Viaje a la Semilla. El primero se editó en 1982, el segundo en 1997, de modo que con esta nota pretendemos una presentación del primero y tal vez del último, pero en todo caso del mejor documentado de todos sus biógrafos.
Como quiera que la obra de García Márquez es enorme y consta de grandes novelas, cuentos, crónicas y artículos para diarios y revistas vamos a limitar este trabajo al tema de la concepción, escritura, y publicación de su obra maestra, la colosal novela Cien Años de Soledad, que tuvo por propósito según su autor "darle una salida literaria, integral, a todas las expe-riencias que de algún modo me hubieran afectado durante mi infancia". Pese a la interpretación de algunos críticos que creyeron ver en la obra una alegoría de la historia de la humanidad, no es otra cosa que una constancia poética de la infancia del colombiano transcurrida en una casa grande, muy triste con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir y numerosos parientes de nombres iguales que no hicieron "mucha dis-tinción entre la felicidad y la demencia". Si existen otras intenciones deben ser inconscientes. El novelista reconoce que ciertos críticos, con una investidura de pontífices, no quieren darse cuenta que Cien Años carece por completo de seriedad y está llena de senas a los amigos más íntimos, "senas que sólo ellos pueden descubrir, y asumir la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas de libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías".
La historia de los Buen Día es como la de América Latina, una suma de esfuerzos desmesurados e inútiles y de dramas condenados de antemano al ovido. "La peste del olvido existe también entre nosotros. Pasado el tiempo, nadie reconoce por cierto la masacre de los trabajadores de la compañía bananera United Fruit, ni se acuerda del coronel Aureliano Buen Día!"
Debemos creer que por una fatalidad de nuestro destino histórico quien lucha contra el despotismo corre gran riesgo de volverse él mismo un déspota al llegar al poder. El escritor citando su novela afirma "En Cien AñosYun condenado a muerte le dice al coronel Aureliano Buen Día: Lo que me preocupa es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos".
Preguntado sobre si su historia se proponía abarcar un lapso de 100 años, la respuesta fue que nunca le procupó el número de años y que no está seguro que la historia de Cien Años de Soledad durara en realidad 100 años. Lo que sí supo el gran autor es que la historia le dió vuelta en la cabeza 18 años, "pero no encontraba el tono que me la hiciera creíble a mí mismo". Un día yendo para Acapulco con Mercedes Barcha, la esposa de Gabo, así llamado familiarmente por sus amigos y los niños, "tuve la revelación. Debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo." Una historia lineal donde con toda inocencia lo "extraordinaro entrara en lo cotidiano". Esta es la mejor descripción del estilo que hoy denominamos Realismo Mágico, y que el autor de esta crónica haya encontrado en libro alguno.
Es cierto que te diste la vuelta en la carretera y te pusiste a escribir con frenesí? Es cierto, le responde a Plinio. Nunca llegué a Acapulco. )Y tu mujer? La cantidad de locuras de este estilo, que me ha debido aguantar. Acto seguido le refirió a su interlocutor que como no tenía dinero, tuvo que empeñar el automóvil y darle el dinero a la esposa, que se hizo cargo de la situación, para que le dejaran escribir y no le molestaran por ningún motivo, calculando que con seis meses la novela estaría terminada, "pero yo duré año y medio escribiendo el libro", así el dinero se acabó, la esposa no dijo nada y se las arregló pidiendo crédito al casero, al panadero, al carnicero y para comprar las 500 hojas de papel blanco que jamás deberían faltar en la mesa de trabajo del escritor.
Saldívar, su bien documentado historiador nacido en Antioquia, nos da otros detalles en torno de este pasaje. Con la misma naturalidad con que había admi-nistrado los meses de abundancia, Mercedes había conseguido administrar esos meses de escasez de 1966. Cuando Gabo le entregó los cinco mil dólares a mediados del año anterior, Mercedes se las arregló para alargarlos hasta los seis meses que él se había fijado para concluírla, pero cuando el dinero se agotó, la novela no estaba ni en la mitad, entonces García Márques acudió al Monte Pío, la casa de empeños, y dejó allí algunas joyas de la familia, el televisor, la radio y se quedó con el secador de pelo, la batidora y el calentador eléctrico que semanas más tarde correrían la misma suerte.
En la continuación del doloroso alumbramiento, la contribución de unos pocos de sus amigos próximos fue muy importante. Sus nombres deben quedar para siempre registrados: Alvaro Mutis y Carmen Miracle, Maria Luisa Elío y Jomi García Ascot. Ellos mostraron su solidaridad fraterna y "una gran discresión y pudor" como apunta Saldívar, pues jamás hablaron de ello y si se supo de sus contribuciones fue por boca de Gabriel García Márquez, algún tiempo después.
La soleada habitación en la que se escribió Cien Años fue bautizada como -la cueva de la mafia- de la que Gabo salía al atardecer, "como acabado de terminar un combate de boxeo a 12 asaltos, aquello era bestial" relató Alvaro Mutis. Cuando los niños se habían retirado a descansar, las tres parejas se ponían a conversar hasta la media noche de los temas que estaba tratando el novelista, "desde el sexo de los camarones y el hábito de ciertos insectos, hasta las distintas maneras de matar las cucarachas en la Edad Media". Los amigos conocían la obsesión documental de Gabo y habián visto acumularse en su mesa de trabajo textos de alquimia, relatos de navegantes, recetas de cocina, manuales de medicina casera, crónicas sobre las pestes medievales, manuales de venenos y antídotos, crónica de indias, estudios sobre el escorbuto, el beriberi y la pelagra, tratados sobre las guerras civiles colombianas, además de los 25 tomos de la Enciclopedia Británica y diccionarios de todas clases.
Mendoza le preguntó a García Márquez: Estabas seguro del éxito de tu novela? Estaba seguro de que tendría buena crítica, respondió, pero no de su éxito ante el público. Calculé que se venderían unos cinco mil ejemplares. (De mis libros anteriores se habían vendido hasta entonces, unos mil de cada uno de los cuatro) La Editorial Sudamericana que recibió el contrato había calculado sus ventas en ocho mil, que se agotaron en 15 días en una sola ciudad, Buenos Aires. Esta novela que "como en el caso del Quijote, partiría en dos la historia de la narrativa castellana" nos anoticia Dasso Saldívar, fue enviada de México en 2 partidas porque los García no tenían dinero suficiente para el franqueo postal. Se requerían 82 pesos mejicanos, entonces dividieron las 590 carillas en dos mitades, se fueron a casa, empeñaron lo último que quedaba y pudieron recién enviar el resto. "Cuando salieron de la vieja oficina de correos llenos de esperanza y de desesperanza, de seguridad e inseguridad, pero felices y aliviados de haber echado a andar sola, la enorme creatura de sus pesadillas, sin olvidar el comentario de Mercedes: AOye Gabo, lo único que faltaría es que la novela resulte ser mala". Y es que la esposa no tenía costumbre de leer los manuscritos.
El escritor de Aracataca estaba seguro de haber producido "su obra maestra" lo sabía no sólo por él mismo y por los amigos, que la habían leído, sino por el rumor continental que empezaba a crecer, por los comentarios periodísticos y los adelantos previos. De lo que García Márquez no estaba seguro era si los originales habían llegado a la Editorial, por lo que puso en manos de Alvaro Mutis, por entonces funcionario de una multinacional y trotamundos, para asegurarse con una segunda copia que los manuscritos llegaran a la Editorial. Cuando Alvaro estuvo en Buenos Aires, llamó al primer lector de los libreros Francisco Porrúa y le dijo: "Te he traído el original", "cállate, le respondió, yo ya lo recibí y es genial, no sé tú qué piensas" para añadir más tarde "esto es una obra maestra. Esto es un clásico, es una obra perfecta." La novela vio la luz en Buenos Aires el 30 de mayo de 1967.
A los 15 días se habían agotado los ocho mil ejemplares de la primera edición. Semejante éxito editorial, tan rotundo e inmediato, tomó de sorpresa a todo el mundo. De los cinco mil se subió a los ocho mil la primera edición. Luego se empezó la preparación de una segunda de diez mil hasta que se agotaron las existencias de papel de imprenta, se dio el caso de existir miles de pedidos y ni un solo libro para entrega inmediata. La voracidad de los lectores era tal, que en septiembre salió la tercera edición. Todos los países pedían el libro. México 20 mil, Colombia 10 mil, así empezó la locura. En tres años y sólo en castellano se habían vendido seiscientos mil ejemplares, a los ocho años se habían vendido dos millones de ejemplares. El fenómeno continúa hasta nuestros días. A los 25 años se han vendido solamente en Argentina ocho millones de ejemplares, sin contar los vendidos por las ediciones piratas.
Varios fueron los factores que contribuyeron al éxito descomunal del lanza-miento de la novela en Buenos Aires; un reportaje de la revista Primera Plana en cuya portada aparecía Gabriel García Márquez y el anuncio de su próximo arribo a la capital donde fue recibido "en olor de multitudes"; la portada de libro concebida por el pintor mejicano Vicente Rojo, personaje ligado también a la intelectualidad boliviana donde vivió parte de su juventud con su familia, procedentes de la España franquista. Vicente Rojo describe así los elementos de la portada. Escogí lo popular, los elementos que están en la imaginería popular, no son elementos precisos de la novela, pues no estaba ilus-trando determinada cosa. El pintor fue colocando sobre un fondo blanco: carazones sangrantes, cupidos activos, diablitos danzarines, lunas menguantes, pescaditos voladores, gorritos frigios, campanitas y arabescos y símbolos de la muerte. Asegura Sandívar que el pintor se había acercado al diseño del antiquo juego del macondo, tan popular en la zona bananera del Caribe. Esta portada llegó a ser tan popular como la novela misma, convirtiéndose en una imagen de identidad cultural.
No puedo dejar de apuntar lo que sucedió en Buenos Aires aquel 20 de junio de 1967 cuando los García Marquez asis-tían a una obra de teatro. Tomás Eloy Martínez lo describe así. La sala estaba en penumbras, pero un reflector seguía a la pareja. Alguien gritó: (Bravo! Y otra voz: (Por su novela! La sala entera se puso de pie. En ese preciso instante vi que la fama bajaba del cielo envuelta en un deslumbrante aleteo de sábanas y dejaba caer sobre Gabriel García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos del tiempo. (Buenos Aires vivió días de fiesta!
Pero )dónde radica la real explicación de este cataclismo que cambiaría la vida del colombiano situándolo a la cabeza de la novela hispanoamericana? En la obra literaria que es producto depurado del talento singular de García Márquez, de sus bregas insomnes de artesano de la palabra y en el apoyo, claro está, de los editores, de los periodistas, de los críticos y de los lectores argentinos.
El autor de El Viaje a la Semilla se pregunta porqué Gabo no volvió nunca más a Buenos Aires, lo mismo que los amigos argentinos del escritor. )Qué pitonisa de los sueños le aconsejó que no vol-viera a la capital argentina? Porque la ciudad que lo vistió con las galas de su merecida gloria no fue la hermética y desconfiada México, ni la ínclita e indiferente Bogotá, ni la sensual y apática Caracas, ni la rutilante e ideal Paris, ni mucho menos la aldeana y medieval Madrid del franquismo, sino la culta y fervorosa ciudad de Buenos Aires, la cuna de su maes-tro Borges y asiento de tantas editoriales que abonaron la formación del escritor.
Tampoco podemos dejar de lado el nombre de la catalana Carmen Balcells, infatigable amiga de Gabo y Mercedes, que trabajó mucho para que la novela pudiera ser traducida a otras lenguas. Ella recibió en efecto una de las primeras copias del libro en Barcelona desde donde contactó a Feltrinelli de Roma, Suil de Paris, Harper and Row de Estados Unidos y algunas editoriales de Alemania, así poco a poco aparecieron los títulos de Cien Años de Soledad en otros idiomas.
Fue en 1969 que Carmen Balcells logró firmar 16 contratos para que la novela se publicara en Inglaterra, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, Holanda, Rusia, Hungría, Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia (dos versiones en servocroata y esloveno), Japón, Portugal y Brasil, de modo que sólo en 34 meses la novela había dado el paso gigante "de su consagración planetaria".
Nunca más Gabriel García volvería a ser el mismo, tal vez sea mejor decir, podría ser el mismo. La fama lo había marcado para siempre, de modo que al volver de Buenos Aires, dejaron México y se trasladaron a Barcelona, donde el colombiano esperaba disfrutar de la tanquilidad necesaria para la producción de su segunda monumental obra El Otoño del Patriarca. Su biógrafo Saldívar nos refiere. Por supuesto que el escritor estaba muy consciente de las nefastas consecuencias de la peste que acababa de contraer, la conversión de un hombre común en leyenda viva, cumpliéndose así lo que el crítico mejicano Emmanuel Carballo había profetizado "que esta novela iba a atiborrar de tanta fama, gloria y dinero a su autor que ello determinaría una metamorfosis en su personalidad y que el joven sencillo, humilde, campechano, tímido, que la había escrito daría paso, -contra su voluntad- a otro muy distinto, un ser al cual iba a ser muy difícil acceder.
Si Michel de Montaigne dijo hace 400 años, "que la gloria y el reposo no pueden alojarse en la misma morada", García Márquez reconoció al cabo que "la fama perturba el sentido de la realidad tal vez tanto como el poder". Lo que es verdaderamente notable en la historia del escritor es la calidad de sus amigos, la constancia y lealtad con que se unió a esta "maffia", en el buen sentido de la palabra. Nombres que no pueden omitirse en esta crónica construída en base a hechos absolutamente demostrables.
Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Alba y Vicente Rojo, Emilio García Riera, Jomí García Ascot, María Luisa Elío, Nancy y Luis Vicens, Carmen y Alvaro Muntis, éstos últimos amigos fuera de serie con los que compartieron penas y alegrías, éxitos y fracasos, la escasez y la abundancia, especialmente los meses de la concepción y el parto de Cien Años de Soledad. No menos importante es su amistad con Mario Vargas Llosa "el último caballero andante de la literatura" con quien tiene tantas cosas en común. El peruano dijo de Cien Años al rendir homenaje de exaltación a las excelentes de este libro admirable, que le hubiera gustado escribir a él y donde su autor "manda a paseo a cuatro siglos de pudor narrativo", compite con la realidad de igual a igual, y hace de la "narración un objeto verbal que refleja al mundo tal como es: múltiple y oceánico".
García Márquez y Vargas Llosa son dos grandes de la novela, con rasgos coincidentes en sus vidas. Ambos fueron criados por sus abuelos, niños mimados y caprichosos que terminaron su infancia a los 10 años. Conocieron tarde a sus padres, ambos estudiaron en colegios religiosos y fueron internos, aquel bajo régimen monacal y éste castrense. Abrazaron la literatura como refugio y afirmación de su identidad frente a un medio hostil. Ambos dirigieron sus pasos hacia el teatro y la poesía como los pilares de su iniciación literaria y escribieron versos en su adolescencia; leyeron a Dumas y Tolstoi, a Rubén Darío y Faulkner, a Borges y Neruda; ambos se ganaron la vida como periodistas y llegaron muy jóvenes a Europa atraídos por el mito literario de Paris. Ambos de orientación marxista, eludieron militar en partidos de izquierda y fueron defensores confesos de la Revolución Cubana, delfines de Pablo Neruda e hijos predilectos de la Mama Grande Carmen Balcells que contribuyó no poco a hacer de ellos, 2 estrellas del firmamento literario universal.
El gran científico Ramón y Cajal, que honró a España recibiendo el premio Nobel de Medicina en 1906, fue también escritor y a la par de García Márquez también tuvo por la pintura gran afición a la que su padre se opuso drásticamente, en su biografía aparecen tantos rasgos similares al colombiano que estamos tentados de escribir una crónica sobre ello.
Apelando de nuevo a Dasso Saldívar encontramos las diferencias entre Vargas Llosa y García Márquez, si bien unidos por la disciplina del trabajo, el fervor por la amistad y el compromiso irreductible por la literatura. Cultivaron una amistad intensa y extensa de modo que no es una simple coincidencia que ambos hubiesen recibido el Premio Rómulo Gallegos, la más alta distinción a los escritores de habla hispana, por sus novelas La Casa Verde y Cien Años de Soledad.
Vargas Llosa asumiendo que la "literatura es fuego porque significa inconformismo y rebelión" y que "la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica" se lanzó a la lucha política, cosa que García Márquez no hizo, no obstante su coqueteo inical con la Cuba castrista y su empleo como corresponsal de Prensa Latina en Bogotá, Nueva York y La Habana.
El peruano y el colombiano son tan distintos que mientras Vargas Llosa hizo al final de Fidel Castro "la gran bestia negra a combatir" Gracía Márquez conserva una indeclinable lealtad a la Revolución Cubana y hacia Fidel Castro una amistad sin condiciones. Lo cierto es que el segundo hijo de los Vargas fue apadrinado por los García y recibió por nombre Gabriel Rodrigo Gonzalo, los de los tres varones de la familia del compadre, el escritor y sus dos hijos Rodrigo y Gonzalo.

La ceremonia tuvo lugar por aquellos dís en que ambos intelectuales protagonizaron un debate en la Universidad de Lima, frente a miles de estudiantes sobre el "realismo de lo real" o la "irrealidad de-masiado humana" o como definiera entonces el colombiano. La irrealidad de América Latina es una cosa tan real y tan cotidiana que está totalmente confundida con lo que se entiende por realidad. Decimos nosotros, el delicioso limbo en el que habían vivido su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, sus numerosas tías y los otros personajes de su infancia en Aracataca, donde el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía nos toma de la mano y transporta por el mundo maravilloso de los Cien Años de Soledad.