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domingo, 10 de octubre de 2010

cientos si no miles de artículos se han escrito sobre Vargas Llosa destacaremos algunos como el de Hugo Caligaris publicado por La Nación de Bs.As.

Mario Vargas Llosa tenía 27 años y ya había escrito la colección de cuentos de Los jefes y la revolucionaria novela La ciudad y los perroscuando su amigo el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards lo llevó, en París, al estreno de Ocho y medio , de Federico Fellini. No le gustó. Demasiado desborde, mucha pasión un tanto fuera de control y, sobre todo, carencia de medida y molde. Cuenta Edwards que no hubo forma de convencerlo. No quería saber nada con esos experimentos, y tampoco con los de Godard y los de Bergman. Se divertía locamente, en cambio, con las películas norteamericanas de vaqueros de los años 40 y 50.

Cuando Vargas Llosa habla de sus novelistas favoritos, siempre menciona en primer término a los maestros del siglo XIX, comenzando por Flaubert y Balzac, pero sin desdeñar a otros más identificados con la literatura popular, como su amado Alejandro Dumas. Cuando era joven, en parte por el deseo de escandalizar y en parte porque lo creía realmente, sostuvo que las novelas de caballeros andantes al estilo de Tirante el Blanco eran más creativas que elQuijote : unas creaban un mundo perfecto, que funcionaba con sus propias reglas; la obra de Cervantes sólo lo disolvía con sus burlas.

Estas inclinaciones y gustos pueden servir para comprender a qué clase de artistas pertenece por constitución y carácter el flamante premio Nobel de Literatura. Aunque está dotado de un talento para la narración de tal tamaño que hace que la envidia se transforme en tiña en quienes lo critican, Vargas Llosa es un escritor que observa con bastante fidelidad las normas del género y que pasa por el filtro de la razón todos los ingredientes de sus historias. Además, jamás se da descanso cuando crea.

"La verdad es que la bohemia me aburre y me destroza. La que viví en Lima tuvo sus frutos, pero en general me parece empobrecedora", ha dicho para explicar por qué prefiere el trabajo parejo a los ataques irregulares de la inspiración. El escritor canarino Juan José Armas Marcelo dice que en los años 70 invitó a Vargas Llosa a visitarlo en Las Palmas, y que la idea era darse la gran fiesta entre amigos. "Comenzamos la juerga con una cena china, con muchos tragos, junto a la Playa de las Canteras. Pero a las 12, como si fuera la Cenicienta, Vargas Llosa se levantó de la mesa y me pidió que lo llevara al hotel. ?Mañana tengo que escribir ocho horas´, me dijo, para mi asombro. Al regreso a la juerga en Las Canteras, le dije a Carlos Barral lo que había pasado. ´Sí, sí -contestó el poeta catalán a las carcajadas-, Mario es el único escritor que conozco que trabaja como un obrero y vive como un burgués´."

Para el chileno José Donoso, durante el boom latinoamericano de los años 60 Vargas Llosa había sido "el primero de la clase". Suena, tal vez, un poco irónica la metáfora escolar, pero hay bastante asombro en ella: gracias a aquella disciplina de estudiante perfecto, el peruano ya tenía escritas a los treinta y pocos años tres novelas que no se pueden calificar sino de magistrales: La ciudad y los perros , La casa verde y Conversación en La Catedral .

"Me hubiera gustado ser uno de esos novelistas del siglo XIX, que competían con Dios de igual a igual a la hora de crear mundos. Fue un momento privilegiado de la historia de la novela. Si tuviera que quedarme con una época, me quedaría con la de Tolstoi, de Dostoievsky, de Balzac, de Dickens, de Melville. Eso no quiere decir que haya que escribir novelas a la manera del siglo XIX, sino imitar esa gran ambición novelesca de las grandes catedrales del género. En algunos de mis libros he sentido que trataba de emularlos. En La fiesta del Chivo , por supuesto, y también en La guerra del fin del mundo . En esta actitud hay algo ingenuo: pensar que se lo puede contar todo, que se puede construir un universo tan complejo y tan amplio como el humano. Pero, al mismo tiempo, de esa ingenuidad resultó esta literatura tan deslumbrante, tan extraordinaria", dijo aquí en el 2000, cuando vino a presentar su libro sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo. Toda una toma de posición, una definición de su arte narrativo.

El crítico literario peruano José Miguel Oviedo estudió a fondo la obra del novelista y al propio novelista, y también subraya la "tendencia al orden y a la nitidez" de su diseño expresivo como contrapeso a la pasión "desbordante y contagiosa" que pone en su tarea. "Sus historias tienen un complejo tramado sinfónico de tonos, ambientes, tiempos y peripecias, pero ese abigarramiento se resuelve siempre según un orden riguroso y casi maniático, en el que cada cosa encuentra su lugar para que el aparente caos adopte una figura precisa", dice.

Riguroso. Casi maniático. Vargas Llosa trabaja con materiales que le resultan cercanos, paisajes, personajes e historias, los separa en sus partes, los mide y los pesa, calcula hasta el milímetro el modo de reunirlos y construye con ellos un mundo que es a la vez real y diferente. Julia Urquidi, con quien estuvo casado, es y no es el personaje de La tía Julia y el escribidor. Las visitadoras de Pantaleón y los burdeles de Piura en La casa verde también pasaron por el laboratorio físico y químico del autor. Siguen pareciendo muy reales pero son, de una manera u otra, también ficticios.

Lo que Vargas ha dicho de la cantante y autora peruana Chabuca Granda, la autora de "La piel de la canela", se le podría aplicar perfectamente a él mismo: "A Chabuca le pasó lo mejor que puede pasarle a un artista. El mundo que inventó en sus canciones sustituyó al Perú real y es a través de aquél como imaginan y sueñan la realidad peruana millones de personas que nunca han puesto los pies en mi país".

Dentro de la ley, de la razón y el orden, no hay nada que Vargas Llosa no pueda hacer con la palabra. Cuando deja escapar lo irracional (su defensa de las corridas de toros, las tortuosidades eróticas de Los cuadernos de don Rigoberto y Travesuras de la niña mala ), lo hace por pura coherencia lógica, para darle un espacio determinado a las facetas menos claras de su mente. En su obra, difícilmente Vargas Llosa da saltos al vacío, esas carreras ciegas que llevan excepcionalmente al creador a lo sublime pero que con frecuencia muchísimo mayor hacen que se despeñe contra el piso.

Poner el cuerpo

El dominio alucinante que tiene sobre su medio expresivo y su tendencia a trabajar sobre un programa podrían haber hecho de él un escritor perfecto pero frío si no hubiera sido por su característica más polémica: la de poner el cuerpo siempre. En primer lugar, en la exposición de su vida íntima. La conflictiva relación con su padre, a quien creyó muerto hasta cumplir los diez años; el casamiento con su tía, en 1955, la posterior separación y la unión con su prima Patricia, en 1965, dieron siempre alimento a sus ficciones. Se abstuvo, en cambio, de usar otros episodios, como la célebre trompada que le aplicó en 1976 al colombiano García Márquez o bien por discrepancias doctrinarias o bien porque Gabo intentó seducir a Patricia. Pero no pudo evitar que el jamás aclarado episodio corriera por el mundo convertido en una suerte de novela no escrita.

En segundo lugar, Vargas Llosa puso su cuerpo en la política. De pocos escritores se puede decir que se hayan expuesto tanto en este campo. Dando una vuelta de tuerca a aquel hermoso verso de Machado sobre la segunda inocencia que da en no creer en nada, Vargas pasó con la misma pasión de la izquierda irrestricta a la derecha sin censura cuando se dio cuenta de que algo malo ocurría con un Fidel Castro que encarcelaba al poeta Heberto Padilla, en 1971.

Nunca llegó tan lejos como en 1990, cuando intentó llevar su sentido del compromiso a las urnas. Cualquiera que haya estado en esa campaña presidencial peruana se ha formado para siempre una idea de lo mal que se llevan el lirismo de un político novel, las reglas del marketing, los jingles que transforman a los candidatos en dentífricos y la percepción popular acerca de si esos candidatos tienen o no tienen las condiciones mínimas para tomar las riendas de sus asuntos. Era evidente que alguien sin escrúpulos dejaría al gran hombre en ridículo. Y ese alguien fue Alberto Fujimori.

"Cuando Vargas Llosa decidió presentarse a las elecciones para la presidencia de Perú, algunos dimos un salto de puro sobresalto. Ibamos a perder quizá, por Dios sabe cuánto tiempo, a uno de nuestros novelistas más imprescindibles en los zarandeos de una disputa política en la que partía con la desventaja de su honradez. Sin duda, sería blanco de todo tipo de malentendidos y maledicencias e incluso era probable que hubiera riesgos para su vida. Era difícil de aceptar, incluso de entender. Recuerdo que, durante un almuerzo en un restaurante madrileño, Octavio Paz me llevó a un lado para decirme, muy serio: ´Fernando, hay que quitárselo de la cabeza...´ Yo me eché a reír: ´Hombre, no querrás que hagamos campaña contra su campaña...´", contó años más tarde el filósofo Fernando Savater.

Y, sin embargo, tal vez sean precisamente esas "locuras" las que hacen de Vargas Llosa el escritor que es. Es común que se diga de él: "Me gusta su obra, pero no lo que dice o lo que piensa", pero quizá no sea posible separar los dos términos: sin la intensidad con que se compromete, sin sus desplantes y sus declaraciones, tal vez la obra no hubiera sido lo que, afortunadamente, ha sido.

En 2005, con casi 70 años y toda la gloria encima, quiso ver con sus propios ojos lo que ocurría en Gaza, para contarlo en una serie de artículos. Sus elogios a Margaret Thatcher y, más aún, al premier italiano Silvio Berlusconi, en nombre de un liberalismo a granel, le valieron no pocos reproches. Incluso agravios, para ser más precisos. En 2008, durante su visita a la Argentina, un grupo de manifestantes apedreó el ómnibus en el que viajaba Vargas Llosa rumbo a un seminario organizado por la Fundación Libertad. A comienzos de este año, fue abucheado en Chile en la inauguración del Museo de la Memoria, cuando respaldó al todavía candidato Sebastián Piñera. Sus opiniones no tienen fronteras ni términos medios: "Cristina Fernández es un desastre total", dijo hace un año.

Pero, equivocado o no, a él no le alcanza con opinar bajito. Se siente como aquel pez en el agua que le dio título a su libro de memorias. Se cree con derecho a zambullirse de lleno en la corriente. Al fin y al cabo, serán ésos los ruidos que se llevará al gabinete para convertirlos más tarde o más temprano en novelas que están fuera del tiempo.

© LA NACION

lunes, 13 de septiembre de 2010

colega y amigo Hans Delien escribe un sentido homenaje al autor de Mitayos de Potosí. RRII de Bolivia, Historia del parlamento. V. Abecia B.

Los notables del siglo XX van poco apoco abandonándonos, después de periplos de singular brillantez y donosura, en sus ricas vidas pletóricas de hazañas del espíritu. Ejemplos apasionados por la vida en todas sus dimensiones dejan tras sí la estela inmarcesible de sus contribuciones al desarrollo de los valores del ser humano, artes, ciencia, historia, ética, poesía, saltos de la sociedad para ir al encuentro del bien común, y proezas morales para glorificar la decencia de la existencia.

Valentín Abecia Baldiviezo, nacido en el regazo de la Villa Imperial de Carlos V y la magia embriagadora del Sumaq Urqu, montaña maravillosa, milagro de Dios, cuerpo de tierra y alma de plata, que asombró al mundo y lo transformó en los siglos que fueron crisol del Renacimiento y tras los bajeles de Colón surgió el resplandor espiritual de un mundo en el auge cenital de su apogeo, libres de los moros, España cristaliza su vida interior, defensora de la fe católica, Ignacio de Loyola y la contrarreforma, Santa Teresa la mística y A. Torquemada y sus coloquios satíricos, impactan Europa consolidando el estilo cultural español del siglo XVI, y la conquista del Nuevo Mundo.

Hay en su linajudo ancestro esta influencia que aparecerá antes, después y ahora con destellos indudables de esa riqueza, ejemplo, personalidades como Valentín Abecia Ayllón (1846-1910), vicepresidente de Ismael Montes. Valentín Abecia Baldiviezo, titulado abogado, completó estudios en Suiza y Estados Unidos. Y su formación como historiador y diplomático empiezan a darle el perfil definitivo de su gesta científica y política.

Lo conocí cuando era senador por Potosí, década del 90, representando al MNR, su rostro sereno, amable y de mirada profunda me impresionó, pero más sus intervenciones del Congreso, conciliador, sereno, con propuestas siempre de inteligente argumentación como convincentes soluciones a los problemas, de fina y frondosa erudición hacían su elegante retórica y sabiduría histórica, piezas magistrales de oratoria parlamentaria, que deleitaba a legos y especialistas. Embajador Plenipotenciario de Bolivia varias veces y Canciller. Tenía la gracia de su simpatía con esas virtudes que exigían el desempeño de la Cámara Alta. Escritor de muchos libros de consulta e imperecederos, de especial relevancia, como Historiografía boliviana, Ciencia y metodología de la historia, Mitayos de Potosí, Historia de las relaciones internacionales de Bolivia, Historia del Parlamento.

Y una anécdota misteriosa como profética ocurrió en una sesión; se acercó a mi curul y con voz suave me obsequió el primer tomo de esta última obra; era la hora del crepúsculo frío y en su dedicatoria cortés y sincera; estampó su firma y fecha, 29 de julio de 1996, hace catorce años, justo día y mes en que lo acompañamos a su última morada. Su amistad que me honró y su ejemplo que enseñó me acompañarán siempre. ¡Adiós a este noble Patricio!

Médico

Hans Delien

jueves, 12 de agosto de 2010

Guillermo Bedregal con expresivo verbo se refiere a la personalidad de Abecia Baldivieso y destaca el rol del intelecto.

Intelectuales, poder y cuestión nacional
In Memoriam de Valentín Abecia Baldivieso


¿Cuál es la respuesta al viejo asunto de la vinculación de los intelectuales con el poder? ¿Entre la intelligentsia pragmática y la intelligentsia crítica existe alguna distinción en función del Estado y su poder?

El pensador estadounidense C. Wright Mills habla de los intelectuales y dice que éstos se ocupan de “ideas, de recuerdos, de definiciones del presente y de imágenes de posibles futuros”. Éstos son científicos, artistas, sacerdotes, profesores, periodistas, escritores y poetas. Representan el pensamiento humano, que forma parte del gran discurso de la razón y la indagación de la sensibilidad y la imaginación. Son constructores de la identidad del pueblo, acumulan su trabajo para resolver el tema de la cuestión nacional. Son, escribe Mills, “la memoria organizada de la humanidad”, y tal aparato cultural ha sido creado y sostenido por ellos.

Desde el nacimiento de Bolivia y aun en las postrimerías del régimen colonial, los intelectuales influyeron decisivamente en la estructura del poder y en la organización política. La tradición de la Universidad de Chuquisaca y otras, recogieron las viejas tareas de los intelectuales en la Historia de Occidente, para tener la motivación racional orientada a desmontar el coloniaje español.

Recordemos la experiencia de Platón en Siracusa, las relaciones de Aristóteles con Alejandro Magno; la de Hobbes y el rey inglés Carlos II ante la restauración de Milton y Cromwell. El poeta alemán Heine, que sirvió como ministro de Hacienda; los equipos de “cerebros” que alimentaron al presidente Roosevelt; los egg–heads en la época de Kennedy. Los intelectuales son analistas, mentores e ideólogos de gobernantes que buscan consejo, cooperación y valoran su opinión. Existen periodos de la historia en los cuales son reprimidos, perseguidos, encarcelados; torturados y asesinados, libros quemados. Recordemos la historia de EEUU en los años 50 en la época de McCarthy, el stalinismo, el hitlerismo. En Bolivia hubo largos periodos de dictadura, en especial desde 1964, cuando se encarcelan intelectuales, se asaltan bibliotecas, se expropian libros, se censuran periódicos, se organizan “cadenas” de información.

En este afán de encontrar la realidad de su propia identidad y la de su patria o “circunstancia” que les rodea y dentro de ello buscar la solución a la cuestión nacional, los intelectuales se plantean siempre una utopía, la necesidad de una sociedad mejor, no sólo en lo económico y social, sino sobre todo en lo humano. Humanismo e intelectualidad libres van siempre impulsados por valores éticos.

La utopía no es el planteamiento de una sociedad más racional. En este sentido, los intelectuales bolivianos del Chaco y de la Revolución Nacional son decisivos para pensar y ejecutar la transformación del país. Estos hombres de pensamiento y de acción soñaron con el triunfo de sus ideas modernizadas y la superación de la sociedad a través de nuevas estructuras de poder. Y esto último lo realizaron parcialmente con obstinación y brillantez. Se plantean sólidamente la cuestión del poder, y por esa vertiente avanzan firmemente a teorizar y practicar la dualidad de la Nación y la Democracia, para encontrar el Estado y procurar convertir poder en la herramienta de esos objetivos inacabados.

El poder para el intelectual, como es el caso de Carlos Montenegro, no tiene más signo que el socialismo inevitable, pero no fue móvil de dominio o de codicia. El poder literario de Nacionalismo y Coloniaje es un acto de conciencia; es como un tesoro de ira y sarcasmo contra un medio injusto, primitivo y sometido a la vez a una hermosa ilusión.

Ex canciller, ex parlamentario
Guillermo Bedregal Gutiérrez

lunes, 9 de agosto de 2010

al sentido homenaje de Shimose se suma Alcides Pareja que relieva la personalidad de José A. Mesa fallecido hace pocas semanas.

José de Mesa. In memoriam

Alcides Parejas Moreno*
(Aparece en el suplemento Fondo Negro de La Prensa de LP)

La madrugada del viernes 23 de julio murió en La Paz, su ciudad natal, don José de Mesa Figueroa, uno de los personajes más representativos e importantes de la cultura boliviana de la segunda mitad del siglo XX.

José de Mesa estudió arquitectura en la Universidad Mayor de San Andrés. Junto a su esposa, la arquitecta Teresa Gisbert, viajaron a España a mediados de la década del 50, donde de la mano del legendario Diego Angulo Íñiguez hicieron la especialidad de Historia del Arte. A su regreso al país los dos jóvenes arquitectos iniciaron en forma sistemática y académica los estudios del arte en Bolivia. Además de los trabajos de investigación en archivos y en casi todos los lugares de nuestra inmensa y difícil geografía, José de Mesa se dedicó a la restauración de monumentos, a la docencia universitaria y a la administración pública. Estos trabajos no se limitaron a los límites del territorio boliviano sino que abarcaron el área andina latinoamericana. Su rica producción bibliográfica es fundamental no sólo para la historia de nuestro país sino de toda el área andina.

Gracias a los trabajos de investigación de José de Mesa (su figura no se puede desprender de la de su esposa Teresa, por lo que alguna vez escribí que “tanto monta, monta tanto, José como Teresa”) hay un cambio de actitud fundamental en la historia del país, pues a través de ellos los bolivianos nos miramos en el espejo y empezamos a conocernos. Tal vez al inicio no nos gustó la imagen que vimos reflejada o porque no era una imagen exclusivamente europea (para agradar a los europeizantes) o exclusivamente india (para conformar a los indigenistas), sino mestiza, es decir, una nueva cultura híbrida; sin embargo, poco a poco estos estudios influyeron para que nuestra autoestima —que estaba muy venida a menos— subiera considerablemente y empezáramos a sentirnos orgullosos de nuestro patrimonio. Él y Teresa fueron los que acuñaron el concepto de “barroco mestizo” que sintetiza la esencia de nuestra arte.

Conocí a José de Mesa en 1969, cuando cursaba el último año de carrera en la Universidad de Sevilla. Había sido invitado para dar un seminario sobre barroco mestizo. A mi regreso al país, en 1972, fue una de las personas que me tendió la mano y me ofreció su amistad con gran generosidad. Tuve el privilegio de conocerlo de cerca. Trabajé con él un par de años en Extensión Universitaria de la Universidad Mayor de San Andrés y luego compartí experiencias en la Sociedad Boliviana de Historia, la Academia Boliviana de Historia, la Academia Nacional de Ciencias, pero sobre todo en un entrañable grupos de amigos —el Chocolate de Abela— que se reunía (todavía se siguen reuniendo) semanalmente para oír la exposición de uno de los integrantes (o un invitado) sobre los más diversos temas, comentarla y finalmente tomar chocolate al filo de la medianoche.

José de Mesa era un hombre de una arrollante personalidad que a nadie dejaba indiferente. Tenía un saber enciclopédico, pero no era un saber de escaparate, sino que sabía las cosas a profundidad, sin despreciar el detalle que le daba a su sapiencia una característica muy especial. Era un apasionado conocedor u consumidor de música clásica y un tertuliador ameno, incisivo, irónico y a veces hiriente. Asimismo, enamorado como era de lo nuestro, fue un tremendo difusor de nuestra cultura; y para muestra un botón: recordemos la maravillosa exposición “El retorno de los ángeles” que visitó Estados Unidos y Europa.

José de Mesa murió después de una larga y penosa enfermedad. Su obra perdurará por siempre, a pesar que ahora nos quieren hacer creer que el mestizaje no existe y que la imagen que aprendimos a ver en el espejo, gracias a sus estudios, es falsa.

*Escritor cruceño

lunes, 2 de agosto de 2010

de los personajes del siglo número uno en letras y cultura y arquitectura José de Mesa recibe el homenaje de Pedro Shimose

sobre la vigorosa personalidad y la obra de José de Mesa escribe con pinceles dorados Pedro Shimose desde España

Devastadora, la enfermedad de Alzheimer aniquiló lentamente una de las mentes más prodigiosas de Bolivia. José de Mesa (La Paz, 30/03/1925–ídem, 23/07/2010) murió clínicamente de neumonía, pero este hombre vivía ausente de sí mismo desde hacía cuatro años. Colmado de honores, premios y condecoraciones, había sobrellevado durante diez años la indignidad de este mal degenerativo.

Se han escrito panegíricos y se han publicado declaraciones que hacen justicia a una vida fecunda, dedicada a la investigación, la enseñanza, la reflexión y la reinterpretación de nuestra historia, en general, y del arte andino, en particular. El estudio de los esposos Mesa, dedicado al arte boliviano en la Enciclopedia del Arte en América (vol. I, 1968), constituyó el inicio de una bibliografía impresionante: Escultura virreinal en Bolivia, 1972; Holguín y la pintura virreinal en Bolivia, 1977; Arquitectura andina, 1985; Museos de Bolivia, 1990; Monumentos de Bolivia, 1992, y El manierismo en los Andes, 2005, libros representativos de una obra inmensa, compendio de una paciente reelaboración de conferencias, artículos y ensayos publicados en revistas nacionales y extranjeras, a partir de 1956.

Hablar de José de Mesa es hablar de su esposa, Teresa Gisbert, arquitecta, historiadora, catedrática y crítica de arte. Es imposible disociarlos. Escribieron al alimón y publicaron, como coautores, una treintena de obras señeras en la historia del arte hispanoamericano. Decir los esposos Mesa es como decir los esposos Curie o los esposos Schumann. Recuerdo que recién llegado a La Paz, en mi época de estudiante universitario, yo oía hablar de “Pepe Mesa” (nadie lo llamaba José de Mesa) y de los “Espasa Mesa”, en alusión a la enciclopedia Espasa Calpe, pues el saber de la pareja Mesa–Gisbert era de veras enciclopédico (como autora independiente, Teresa Gisbert merece comentario aparte).

Arquitecto, urbanista, museógrafo, historiador, biógrafo, ensayista, crítico de arte, dibujante, conferenciante y catedrático, nadie mejor que sus discípulos para valorar sus cualidades como profesor. Marcela Inch, Pedro Querejazu, Gastón Gallardo y Alcides Parejas Moreno han puesto de relieve su vocación docente, sus valiosos estudios sobre el barroco mestizo americano, su aporte renovador a la historiografía boliviana, sus dotes de conversador “ameno, incisivo, irónico y, a veces, hiriente” y su reivindicación del carácter mestizo de nuestra cultura.

De sus dibujos y ensayos literarios se habla poco. Su novedoso Manual de Historia de Bolivia, de 1958, (escrito por él, Teresa Gisbert y Humberto Vázquez Machicado) incluyó unos dibujos originales de José de Mesa, de trazo ágil y vigoroso. Ellos contribuyeron, en parte, a la popularización del nuevo manual que barrió a los de Camacho y Giebel que por entonces leíamos en las escuelas y colegios.

Escribió muchos ensayos y biografías relacionados con la literatura: América en la obra de Cervantes (1966), Arzans de Orsúa y Vela, el historiador potosino del siglo XVII (1955) y José Joaquín de Mora (1956), por ejemplo. Excelente expositor, su erudición lo desbordaba. En 1996 lo vi por última vez. Presentó, entonces, la magna exposición El retorno de los ángeles, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su conferencia fue magistral, porque eso era él: un maestro.

apoyomails@gmail.com

Escritor
Pedro Shimose

jueves, 29 de julio de 2010

Valentín Abecia escritor y poeta deja este mundo a los 85. su producción cultural es realmente notable. (L.R. de L.P.)

El historiador, literato y diplomático potosino Valentín Abecia Baldivieso falleció ayer, a los 85 años, a causa de una antigua enfermedad. Los restos del intelectual se velan en su domicilio de la zona de Sopocachi.

“Don Valentín Abecia ha sido uno de los mejores estudiosos de la historia internacional de Bolivia; también son emblemáticas sus historias de la independencia. Lamentamos la pérdida de un erudito, que fue también literato, gestor cultural y diplomático”, definió Fernando Cajías, presidente de la Academia de Historia, institución que Abecia dirigió varias veces.

Víctima de una dolencia antigua, Abecia murió ayer por la mañana en La Paz, ciudad que lo acogía desde hace seis décadas. Los restos del intelectual se velan en su domicilio de la calle Aspiazu y Abdón Saavedra de Sopocachi.

Nacido en Potosí en 1925, Valentín Abecia fue abogado internacionalista de profesión. “Ha sido un hombre de la Revolución y varias veces ocupó cargos en los gobiernos del MNR”, dijo Cajías. Según su biografía, Abecia fue desde la décadas de los 50, senador, embajador y ministro de Relaciones Exteriores.

En 1944, fue uno de los fundadores del grupo literario Segunda Gesta Bárbara, que incluyó a escritores de la talla de Alcira Cardona, Armando Soriano Badani, Gustavo Medinacelli, Jacobo Libermann y Julio de la Vega, entre otros.

Los entonces jóvenes literatos siguieron los pasos de los primeros Bárbaros —Carlos Medinacelli y Gamaliel Churata, entre otros— y forjaron una generación que hoy es un referente de la literatura nacional. “Éramos jóvenes.

Se nos ha ido la vida… pero con dignidad, escribiendo poemas. La rebeldía, esa dama de hierro, todavía sigue viva en nuestras entrañas”, señaló Abecia sobre la Segunda Gesta Bárbara, en una entrevista a La Razón el 2006.

Abecia deja también una importante obra histórica con estudios como: Historiografía Boliviana, La Revolución de 1809, El Historiador René Moreno, entre muchos otros. Se suman una antología y una historia de Gesta Bárbara en Antes que el tiempo acabe.

Su aporte como gestor cultural fue definitivo. Valentín Abecia fue fundador y presidió la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, que administra los repositorios. Fue también Presidente de la Academia Boliviana de Historia y de la Academia Nacional de Ciencias.


Historiador
Investigador

Deja una decena de estudios sobre los procesos revolucionarios e historia internacional del país.

Literato
Antologador

Fue parte del grupo literario de la Segunda Gesta Bárbara, del que escribió una antología e historia.

Gestor
Académico

Presidió la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia y también las Academias de Historia y Ciencias.

martes, 6 de julio de 2010

Las Clases Sociales

En estos tiempos "de cambio" en que parece imponerse "la igualdad" que nunca existió en tiempo de los Incas, será útil releer los viejos textos de Jesús Lara profundo estudioso de los orígenes, organización política, económico y social del Imperio de los Cuatro Suyus.
Lara comienza reconociendo que los cronistas no tenían idea de una clasificación de la sociedad que estaban conociendo, que el jejruita Juan de Velasco intentó en su "Historia del reino de Quito" elaborar una escala: los gremiales y los burócratas, la plebe o gente común, los artesanos, fundidores, plateros, lapidarios, tejedores, arquitectos, canteros. El tercer grupo lo formaban los orejones, preeminentes que gozaban de honores hereditarios y ejercían cargos de importancia y confianza, el cuarto lo formaban los kurakakuna (curacas) que gobernaban los territorios conquistados. el último grupo era de los descendientes de los soberanos, de la casta solar.
El estudioso formado en la escuela marxista no admite como totalmente posible la clasificación del jesuita, más bien remarca que los agricultores eran también artesanos, aunque termina por reconocer que existieron al menos tres grupos sociales: la dominante que formaba la nobleza, la dominada que era el pueblo, la tercera también dominada pero diferente de la segunda.
La dominante integrada por la nobleza real, llamada inka, la de privilegio llamada tambien inka y la kuraka, que descubre como nobleza adoptiva. La numerosa parentela del inka, la generación de los caciques que se incorporaron sin resistencia con sus provincias al imperio, a los que Manku Qhápaj Inka otorgó los mismos privilegios que a la nobleza incluso el denominarse inkas, la tercera dentro del primer grupo era los kurakunas o sea funcionarios dotados de dignidad y prerrogativas. En la nobleza los de la rama solar, legítima sin mezcla y la bastarda que descendía de los monarcas con sus concubinas de sangre no real.
A los fines de este artículo la sangre asumiría extraordinaria importancia. Los hijos del Inka y la köya no podían mezclar su sangre con la otros sectores. el Sapan Auki debía casarse con la mayor de sus hermanas de padre y madre y sus hermanos con mujeres descendientes de otros soberanos de línea pura. El propio Manku Khápaj Inka fundó la panaka una institución de linaje real. La nobleza era sucesible, la heredaban todos los hijos. Las hijas bastardas de los monarcas que excepcionalmente eran concedidas como esposas o concubinas a los próceres de la nobleza kuraka perdían su dignidad inka y no la podían ya trasmitir a sus hijos. La mujer noble de adopción, esposa o concubina de algún vasallo común esclarecido, perdía asímismo su nobleza y sus hijos pasaban a ser simples plebeyos.
Cada sector de la nobleza se hallaba perfectamente delimitado y no se mezclaba con los otros mediante uniones legítimas. Sin embargo presentaban un conjunto que coordinaba las tareas de administración. La clase dominante se asignaba muchos privilegios. Los dignatarios y los jefes militares recibían del inca un número determinado de servidores (una especie de esclavos sirvientes) que recibían tierra (un tupu) y ganado. "No pesaba sobre los amos el sostenimiento de la servidumbre".
Los hombres de la nobleza tenían derecho a la posesión de concubinas, algunos de ellos llegaron a tener hasta 50, cada una llegaba al Inka con su propia porción de tierra de modo de no afectar la economía del Señor.
La segunda clase estaba formada por la gran masa del pueblo. El vasallo era conocido como "jatunruna" hombre grande, cabal, juicioso. No le faltaba vivienda ni comida, lo mismo que su familia. El cultivo de la tierra estaba a su cargo. Tributaba y el jatunruna tenía derecho a dos mujeres, eso sí no podía acudir a las "yachaywasi" casa del saber, que pertenecían a los nobles solamente, que con saber "el oficio de sus padres, les bastase". En la guerra no podía dirigir grandes grupo, estaba destinado a ser "el héroe anónimo". Sin haber conocido el hambre ni la miseria el jatunruna servía mejor que ninguno a la causa del Inka, sin ser semejante ni al Inka ni al Kuraka.
En la historia moderna, cuando se nos hace créer tantos cuentos, no cuesta mucho identificar a los "jatunrunas" de la sociedad actual, ni a los "kurakas" que están tan cerca del trono del Inka-Evo con sus estrechos seguidores que sí gozan de todos los privilegios, las gangas y sortilegios sin ser "inkas" ni pertenecer a la nobleza. lo que sí es cierto que sus privilegios no durarán más tiempo del de su jefe o peor aún hasta cuando gozen de su confianza siempre cambiante.