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lunes, 9 de agosto de 2010

al sentido homenaje de Shimose se suma Alcides Pareja que relieva la personalidad de José A. Mesa fallecido hace pocas semanas.

José de Mesa. In memoriam

Alcides Parejas Moreno*
(Aparece en el suplemento Fondo Negro de La Prensa de LP)

La madrugada del viernes 23 de julio murió en La Paz, su ciudad natal, don José de Mesa Figueroa, uno de los personajes más representativos e importantes de la cultura boliviana de la segunda mitad del siglo XX.

José de Mesa estudió arquitectura en la Universidad Mayor de San Andrés. Junto a su esposa, la arquitecta Teresa Gisbert, viajaron a España a mediados de la década del 50, donde de la mano del legendario Diego Angulo Íñiguez hicieron la especialidad de Historia del Arte. A su regreso al país los dos jóvenes arquitectos iniciaron en forma sistemática y académica los estudios del arte en Bolivia. Además de los trabajos de investigación en archivos y en casi todos los lugares de nuestra inmensa y difícil geografía, José de Mesa se dedicó a la restauración de monumentos, a la docencia universitaria y a la administración pública. Estos trabajos no se limitaron a los límites del territorio boliviano sino que abarcaron el área andina latinoamericana. Su rica producción bibliográfica es fundamental no sólo para la historia de nuestro país sino de toda el área andina.

Gracias a los trabajos de investigación de José de Mesa (su figura no se puede desprender de la de su esposa Teresa, por lo que alguna vez escribí que “tanto monta, monta tanto, José como Teresa”) hay un cambio de actitud fundamental en la historia del país, pues a través de ellos los bolivianos nos miramos en el espejo y empezamos a conocernos. Tal vez al inicio no nos gustó la imagen que vimos reflejada o porque no era una imagen exclusivamente europea (para agradar a los europeizantes) o exclusivamente india (para conformar a los indigenistas), sino mestiza, es decir, una nueva cultura híbrida; sin embargo, poco a poco estos estudios influyeron para que nuestra autoestima —que estaba muy venida a menos— subiera considerablemente y empezáramos a sentirnos orgullosos de nuestro patrimonio. Él y Teresa fueron los que acuñaron el concepto de “barroco mestizo” que sintetiza la esencia de nuestra arte.

Conocí a José de Mesa en 1969, cuando cursaba el último año de carrera en la Universidad de Sevilla. Había sido invitado para dar un seminario sobre barroco mestizo. A mi regreso al país, en 1972, fue una de las personas que me tendió la mano y me ofreció su amistad con gran generosidad. Tuve el privilegio de conocerlo de cerca. Trabajé con él un par de años en Extensión Universitaria de la Universidad Mayor de San Andrés y luego compartí experiencias en la Sociedad Boliviana de Historia, la Academia Boliviana de Historia, la Academia Nacional de Ciencias, pero sobre todo en un entrañable grupos de amigos —el Chocolate de Abela— que se reunía (todavía se siguen reuniendo) semanalmente para oír la exposición de uno de los integrantes (o un invitado) sobre los más diversos temas, comentarla y finalmente tomar chocolate al filo de la medianoche.

José de Mesa era un hombre de una arrollante personalidad que a nadie dejaba indiferente. Tenía un saber enciclopédico, pero no era un saber de escaparate, sino que sabía las cosas a profundidad, sin despreciar el detalle que le daba a su sapiencia una característica muy especial. Era un apasionado conocedor u consumidor de música clásica y un tertuliador ameno, incisivo, irónico y a veces hiriente. Asimismo, enamorado como era de lo nuestro, fue un tremendo difusor de nuestra cultura; y para muestra un botón: recordemos la maravillosa exposición “El retorno de los ángeles” que visitó Estados Unidos y Europa.

José de Mesa murió después de una larga y penosa enfermedad. Su obra perdurará por siempre, a pesar que ahora nos quieren hacer creer que el mestizaje no existe y que la imagen que aprendimos a ver en el espejo, gracias a sus estudios, es falsa.

*Escritor cruceño

lunes, 2 de agosto de 2010

de los personajes del siglo número uno en letras y cultura y arquitectura José de Mesa recibe el homenaje de Pedro Shimose

sobre la vigorosa personalidad y la obra de José de Mesa escribe con pinceles dorados Pedro Shimose desde España

Devastadora, la enfermedad de Alzheimer aniquiló lentamente una de las mentes más prodigiosas de Bolivia. José de Mesa (La Paz, 30/03/1925–ídem, 23/07/2010) murió clínicamente de neumonía, pero este hombre vivía ausente de sí mismo desde hacía cuatro años. Colmado de honores, premios y condecoraciones, había sobrellevado durante diez años la indignidad de este mal degenerativo.

Se han escrito panegíricos y se han publicado declaraciones que hacen justicia a una vida fecunda, dedicada a la investigación, la enseñanza, la reflexión y la reinterpretación de nuestra historia, en general, y del arte andino, en particular. El estudio de los esposos Mesa, dedicado al arte boliviano en la Enciclopedia del Arte en América (vol. I, 1968), constituyó el inicio de una bibliografía impresionante: Escultura virreinal en Bolivia, 1972; Holguín y la pintura virreinal en Bolivia, 1977; Arquitectura andina, 1985; Museos de Bolivia, 1990; Monumentos de Bolivia, 1992, y El manierismo en los Andes, 2005, libros representativos de una obra inmensa, compendio de una paciente reelaboración de conferencias, artículos y ensayos publicados en revistas nacionales y extranjeras, a partir de 1956.

Hablar de José de Mesa es hablar de su esposa, Teresa Gisbert, arquitecta, historiadora, catedrática y crítica de arte. Es imposible disociarlos. Escribieron al alimón y publicaron, como coautores, una treintena de obras señeras en la historia del arte hispanoamericano. Decir los esposos Mesa es como decir los esposos Curie o los esposos Schumann. Recuerdo que recién llegado a La Paz, en mi época de estudiante universitario, yo oía hablar de “Pepe Mesa” (nadie lo llamaba José de Mesa) y de los “Espasa Mesa”, en alusión a la enciclopedia Espasa Calpe, pues el saber de la pareja Mesa–Gisbert era de veras enciclopédico (como autora independiente, Teresa Gisbert merece comentario aparte).

Arquitecto, urbanista, museógrafo, historiador, biógrafo, ensayista, crítico de arte, dibujante, conferenciante y catedrático, nadie mejor que sus discípulos para valorar sus cualidades como profesor. Marcela Inch, Pedro Querejazu, Gastón Gallardo y Alcides Parejas Moreno han puesto de relieve su vocación docente, sus valiosos estudios sobre el barroco mestizo americano, su aporte renovador a la historiografía boliviana, sus dotes de conversador “ameno, incisivo, irónico y, a veces, hiriente” y su reivindicación del carácter mestizo de nuestra cultura.

De sus dibujos y ensayos literarios se habla poco. Su novedoso Manual de Historia de Bolivia, de 1958, (escrito por él, Teresa Gisbert y Humberto Vázquez Machicado) incluyó unos dibujos originales de José de Mesa, de trazo ágil y vigoroso. Ellos contribuyeron, en parte, a la popularización del nuevo manual que barrió a los de Camacho y Giebel que por entonces leíamos en las escuelas y colegios.

Escribió muchos ensayos y biografías relacionados con la literatura: América en la obra de Cervantes (1966), Arzans de Orsúa y Vela, el historiador potosino del siglo XVII (1955) y José Joaquín de Mora (1956), por ejemplo. Excelente expositor, su erudición lo desbordaba. En 1996 lo vi por última vez. Presentó, entonces, la magna exposición El retorno de los ángeles, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su conferencia fue magistral, porque eso era él: un maestro.

apoyomails@gmail.com

Escritor
Pedro Shimose

jueves, 29 de julio de 2010

Valentín Abecia escritor y poeta deja este mundo a los 85. su producción cultural es realmente notable. (L.R. de L.P.)

El historiador, literato y diplomático potosino Valentín Abecia Baldivieso falleció ayer, a los 85 años, a causa de una antigua enfermedad. Los restos del intelectual se velan en su domicilio de la zona de Sopocachi.

“Don Valentín Abecia ha sido uno de los mejores estudiosos de la historia internacional de Bolivia; también son emblemáticas sus historias de la independencia. Lamentamos la pérdida de un erudito, que fue también literato, gestor cultural y diplomático”, definió Fernando Cajías, presidente de la Academia de Historia, institución que Abecia dirigió varias veces.

Víctima de una dolencia antigua, Abecia murió ayer por la mañana en La Paz, ciudad que lo acogía desde hace seis décadas. Los restos del intelectual se velan en su domicilio de la calle Aspiazu y Abdón Saavedra de Sopocachi.

Nacido en Potosí en 1925, Valentín Abecia fue abogado internacionalista de profesión. “Ha sido un hombre de la Revolución y varias veces ocupó cargos en los gobiernos del MNR”, dijo Cajías. Según su biografía, Abecia fue desde la décadas de los 50, senador, embajador y ministro de Relaciones Exteriores.

En 1944, fue uno de los fundadores del grupo literario Segunda Gesta Bárbara, que incluyó a escritores de la talla de Alcira Cardona, Armando Soriano Badani, Gustavo Medinacelli, Jacobo Libermann y Julio de la Vega, entre otros.

Los entonces jóvenes literatos siguieron los pasos de los primeros Bárbaros —Carlos Medinacelli y Gamaliel Churata, entre otros— y forjaron una generación que hoy es un referente de la literatura nacional. “Éramos jóvenes.

Se nos ha ido la vida… pero con dignidad, escribiendo poemas. La rebeldía, esa dama de hierro, todavía sigue viva en nuestras entrañas”, señaló Abecia sobre la Segunda Gesta Bárbara, en una entrevista a La Razón el 2006.

Abecia deja también una importante obra histórica con estudios como: Historiografía Boliviana, La Revolución de 1809, El Historiador René Moreno, entre muchos otros. Se suman una antología y una historia de Gesta Bárbara en Antes que el tiempo acabe.

Su aporte como gestor cultural fue definitivo. Valentín Abecia fue fundador y presidió la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, que administra los repositorios. Fue también Presidente de la Academia Boliviana de Historia y de la Academia Nacional de Ciencias.


Historiador
Investigador

Deja una decena de estudios sobre los procesos revolucionarios e historia internacional del país.

Literato
Antologador

Fue parte del grupo literario de la Segunda Gesta Bárbara, del que escribió una antología e historia.

Gestor
Académico

Presidió la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia y también las Academias de Historia y Ciencias.

martes, 6 de julio de 2010

Las Clases Sociales

En estos tiempos "de cambio" en que parece imponerse "la igualdad" que nunca existió en tiempo de los Incas, será útil releer los viejos textos de Jesús Lara profundo estudioso de los orígenes, organización política, económico y social del Imperio de los Cuatro Suyus.
Lara comienza reconociendo que los cronistas no tenían idea de una clasificación de la sociedad que estaban conociendo, que el jejruita Juan de Velasco intentó en su "Historia del reino de Quito" elaborar una escala: los gremiales y los burócratas, la plebe o gente común, los artesanos, fundidores, plateros, lapidarios, tejedores, arquitectos, canteros. El tercer grupo lo formaban los orejones, preeminentes que gozaban de honores hereditarios y ejercían cargos de importancia y confianza, el cuarto lo formaban los kurakakuna (curacas) que gobernaban los territorios conquistados. el último grupo era de los descendientes de los soberanos, de la casta solar.
El estudioso formado en la escuela marxista no admite como totalmente posible la clasificación del jesuita, más bien remarca que los agricultores eran también artesanos, aunque termina por reconocer que existieron al menos tres grupos sociales: la dominante que formaba la nobleza, la dominada que era el pueblo, la tercera también dominada pero diferente de la segunda.
La dominante integrada por la nobleza real, llamada inka, la de privilegio llamada tambien inka y la kuraka, que descubre como nobleza adoptiva. La numerosa parentela del inka, la generación de los caciques que se incorporaron sin resistencia con sus provincias al imperio, a los que Manku Qhápaj Inka otorgó los mismos privilegios que a la nobleza incluso el denominarse inkas, la tercera dentro del primer grupo era los kurakunas o sea funcionarios dotados de dignidad y prerrogativas. En la nobleza los de la rama solar, legítima sin mezcla y la bastarda que descendía de los monarcas con sus concubinas de sangre no real.
A los fines de este artículo la sangre asumiría extraordinaria importancia. Los hijos del Inka y la köya no podían mezclar su sangre con la otros sectores. el Sapan Auki debía casarse con la mayor de sus hermanas de padre y madre y sus hermanos con mujeres descendientes de otros soberanos de línea pura. El propio Manku Khápaj Inka fundó la panaka una institución de linaje real. La nobleza era sucesible, la heredaban todos los hijos. Las hijas bastardas de los monarcas que excepcionalmente eran concedidas como esposas o concubinas a los próceres de la nobleza kuraka perdían su dignidad inka y no la podían ya trasmitir a sus hijos. La mujer noble de adopción, esposa o concubina de algún vasallo común esclarecido, perdía asímismo su nobleza y sus hijos pasaban a ser simples plebeyos.
Cada sector de la nobleza se hallaba perfectamente delimitado y no se mezclaba con los otros mediante uniones legítimas. Sin embargo presentaban un conjunto que coordinaba las tareas de administración. La clase dominante se asignaba muchos privilegios. Los dignatarios y los jefes militares recibían del inca un número determinado de servidores (una especie de esclavos sirvientes) que recibían tierra (un tupu) y ganado. "No pesaba sobre los amos el sostenimiento de la servidumbre".
Los hombres de la nobleza tenían derecho a la posesión de concubinas, algunos de ellos llegaron a tener hasta 50, cada una llegaba al Inka con su propia porción de tierra de modo de no afectar la economía del Señor.
La segunda clase estaba formada por la gran masa del pueblo. El vasallo era conocido como "jatunruna" hombre grande, cabal, juicioso. No le faltaba vivienda ni comida, lo mismo que su familia. El cultivo de la tierra estaba a su cargo. Tributaba y el jatunruna tenía derecho a dos mujeres, eso sí no podía acudir a las "yachaywasi" casa del saber, que pertenecían a los nobles solamente, que con saber "el oficio de sus padres, les bastase". En la guerra no podía dirigir grandes grupo, estaba destinado a ser "el héroe anónimo". Sin haber conocido el hambre ni la miseria el jatunruna servía mejor que ninguno a la causa del Inka, sin ser semejante ni al Inka ni al Kuraka.
En la historia moderna, cuando se nos hace créer tantos cuentos, no cuesta mucho identificar a los "jatunrunas" de la sociedad actual, ni a los "kurakas" que están tan cerca del trono del Inka-Evo con sus estrechos seguidores que sí gozan de todos los privilegios, las gangas y sortilegios sin ser "inkas" ni pertenecer a la nobleza. lo que sí es cierto que sus privilegios no durarán más tiempo del de su jefe o peor aún hasta cuando gozen de su confianza siempre cambiante.

sábado, 22 de mayo de 2010

"el pimpollo" no era otro que Luis José León Estévez yerno del dictador Trujillo sobre quién Vargas Llosa nos cuenta

MADRID.-Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón, de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez, que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas. A todas luces, había puesto fin a su vida por su propia mano, descerrajándose un disparo en la cabeza. La pistola Colt, calibre 45, estaba junto al cadáver, que yacía de espaldas en una cama simple en la que, para entrar en la muerte con más comodidad, el suicida había colocado dos almohadones bajo su espalda. Antes de tumbarse, se había quitado los zapatos. En el cuarto había, además, varias maletas hechas, un teléfono, un televisor y un novenario.

Con él desaparece un personaje que fue muy famoso, en el peor sentido que puede tener esta expresión, en los años 50 del siglo pasado, durante la llamada Era de Trujillo, esos treinta y un años (1930-1961) en los que el Generalísimo Rafael Trujillo Molina, Jefe Máximo y Benefactor y Padre de la Patria Nueva, fue el amo y señor ?un verdadero dios? de la República Dominicana. León Estévez era entonces oficial de la Fuerza Aérea, íntimo amigo y compañero de francachelas, correrías y orgías del hijo mayor del dictador, Ramfis Trujillo, del que sería también asesor y cuñado, pues tuvo la suerte de casarse, en 1958, con Angelita, la hija mimada de Trujillo. A ésta se la proclamó reina en el más fastuoso acontecimiento de la era, la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, con que, en el año 1955, se celebraron los 25 años del Generalísimo en el poder.

Cerca de setenta millones de dólares costaron los miliunanochescos festejos en los que participaron las coristas del Lido de París, la orquesta de Xavier Cugat y delegaciones de 42 países "libres" del mundo, muchos presidentes, entre ellos el brasileño Juscelino Kubitschek, y dignatarios internacionales, como el cardenal Spellman, de Nueva York. El vestido de Su Graciosa Majestad Angelita I, confeccionado por dos célebres modistas romanas, era de gasa, encaje y cuarenta y cinco metros de armiño ruso. Su toga era idéntica a la que llevó la reina Isabel de Inglaterra en su coronación.

Angelita Trujillo está todavía viva, en Miami, donde, desde que se volvió una born-again christian, suele cantar himnos bíblicos en las iglesias evangélicas. Ultimamente ha publicado unas memorias en las que muestra una frialdad polar para con su primer esposo, León Estévez, incluso en un tema delicado que debió de ser materia de los primeros conflictos en el matrimonio. La inverificable leyenda dice que Angelita se había prendado de un joven oficial, el teniente Jean Awad Canaán, quien murió por esa época en un oportuno accidente. La familia de éste no creyó nunca que aquella muerte hubiera sido casual y acusó siempre al marido de Angelita de haberla provocado, por celos. En estos días, con motivo del suicidio de León Estévez, la hija de aquel teniente, Pilar Awad Báez, ha resucitado aquellas acusaciones.

Gracias a su matrimonio y su amistad con Ramfis, León Estévez hizo una carrera meteórica. Fue nombrado director de la academia militar Batalla de las Carreras a los 23 años, y muy poco después ascendido a teniente coronel.

Pero la fama de entonces no se debía a sus méritos profesionales, sino a su elegancia y apostura. Aunque su seudónimo era "Pechito", la gente común y corriente, y sobre todo las muchachas, lo llamaba "Pimpollo", es decir, guapo, galano y gentil.

En las fotos aparece siempre vestido de manera impecable e imitando el atuendo y las coqueterías de Ramfis, los anteojos oscuros Ray Ban, el bigotito recortado a la manera de los astros del cine mexicano, como Arturo de Córdova, los zapatos brillando como espejos y la sonrisita de triunfador.

En los años 90, cuando yo investigaba sobre los tiempos de Trujillo, el nombre del teniente coronel Luis José León Estévez se me aparecía por doquier en los testimonios escritos y orales. Casi todos ellos coincidían en señalarlo como uno de los más crueles y feroces torturadores y asesinos de aquellos años terribles, sobre todo en los seis meses que siguieron a la muerte del dictador, cuando Ramfis Trujillo, al frente de las Fuerzas Armadas (Balaguer era el presidente nominal) desencadenó una vertiginosa represión en venganza por el asesinato de su padre, en que cientos de dominicanos fueron torturados y asesinados por todo el país. Es seguro que Pechito estuvo en la hacienda María, de Ramfis, el día que seis de los ajusticiadores del tirano fueron arrebatados a la Justicia, secuestrados por militares y llevados allí para que Ramfis y sus compinches, con vasos de whisky en las manos, los mataran a balazos.

Por participar en este crimen, Pechito Estévez fue condenado en contumacia a treinta años de cárcel, en febrero de 1965. Pero no cumplió un solo día tras las rejas, porque ya vivía en el exilio y, en 1977, por prescripción de la pena, pudo volver a Santo Domingo, donde se convirtió en un próspero empresario.

En el exilio se había separado de su mujer –a la que acusó de haber "secuestrado" a sus tres hijos?, contraído una nueva unión con una señora acomodada y experimentado una conversión a una forma afiebrada y extrema del catolicismo. Se lo decía miembro de una organización integrista, tal vez el Opus Dei.

Yo visité la iglesita donde el Pimpollo oía misa todas las mañanas y pasaba el copón de las limosnas. Aparentemente estaba ya desencantado de la política, pues, en la cena que me organizó el simpático Kalil Haché, antiguo secretario de Trujillo, para que pudiera conversar con los trujillistas sobrevivientes y fieles a la memoria del tirano ?la más inolvidable de todas las cenas a la que me ha tocado asistir– el teniente coronel no se hizo presente. Sólo le interesaban entonces la religión y los negocios.

Después de muchas gestiones e intermediarios, aceptó recibirme en su despacho. Había dejado de ser un adonis hacía tiempo, pero conservaba la pulcritud en el vestir. Era un hombre frío, desconfiado, y no ocultaba su veneración a la memoria de Trujillo. En un momento dado, me dijo que había conversado con una mujer humilde a la que el Jefe le había besado los pies porque ella, en la cama, le dijo que los tenía muy fríos. "Ya ve usted, en contra de lo que se dice, era un hombre compasivo", concluyó.

Le recordé que casi todos los dominicanos que habían sido torturados en la época de Trujillo en la cárcel La Cuarenta y sentados en la famosa Silla Eléctrica para recibir descargas que les quemaran el cuerpo aseguraban que él siempre estaba allí, presenciando el horror, y muchas veces participando en él con su inseparable fusta de jinete, con la que le gustaba azotar a las víctimas. Añadí que, sin ir muy lejos, mi amigo José Israel Coello, que me acababa de dejar en la puerta de su despacho, había sido una de ellas, y que todavía le quedaba en el cuerpo algún rastro de las cicatrices de los fustazos que le infligió mientras, amarrado en la silla, recibía descargas eléctricas.

Estuvo mirándome un buen rato en silencio, mientras palidecía. Pensé que iba a echarme de su oficina o agredirme. Pero se limitó a murmurar, con un gesto de disgusto: "Si quiere que le diga la verdad, no me acuerdo de ese episodio". Su respuesta me produjo un escalofrío. Probablemente era cierto, lo habría hecho tantas veces y con tantos que ya no quedaban caras y nombres concretos de los martirizados en su memoria.

Ahora veo en los diarios de Santo Domingo que algunos de los disidentes antitrujillistas que sobrevivieron a las torturas de La Cuarenta, como la doctora Asela Morel, que estuvo allí presa con las hermanas Mirabal, han recordado las siniestras hazañas que perpetraba Pechito Estévez, en 1961, en aquellos calabozos inmundos, oscuros, llenos de humo, sangre, injurias y dolor, en una época en que, casi por doquier en América latina, las dictaduras perpetraban monstruosidades parecidas.

Los jóvenes dominicanos de nuestros días deben oír hablar de todo aquello como de algo prehistórico. Por fortuna, su país ha dejado atrás y cada día se aleja más de semejante barbarie. Es uno de los países latinoamericanos donde la democracia ha arraigado mejor y donde unas políticas sensatas han traído progreso económico e institucional considerable. Desde luego que hay mucha pobreza todavía y la violencia no ha desaparecido en la vida social. Pero, comparada con el horror de aquellos años, la situación actual está a años luz de la de entonces, aunque sólo fuera porque en la República Dominicana de hoy un Pechito Estévez sería inconcebible.

sábado, 1 de mayo de 2010

Georgette Canedo de Camacho presentó su última novela "tan sólo en su agonía" en ceremonia realizada en Portales. En la foto Edwin Tapia y la autora


“Tan solo en su agonía…”, novela de Georgette Canedo de Camacho que refleja la oscura época de las dictaduras militares, desde el realismo, el humor y la ironía, fue presentada el pasado miércoles por la noche, en la Biblioteca del Centro Simón I. Patiño.
Al acto se dieron cita, además de la autora, importantes personalidades del ámbito cultural, que elogiaron la entrega de Canedo.“Al descorrer el velo que encubre la violencia moral y política de una época, esta novela presenta una fusión poética (…), induciendo en el lector vivas reflexiones sobre el valor y la dignidad de la condición humana”, señala Plural Editores, casa literaria responsable de la publicación.
“La obra es parte de la vida de Bolivia, es parte de la política y está basada en hechos que han ocurrido, pero que por supuesto la ficción y la fantasía del escritor transforman en algo que tiene que dejar una huella en el lector”, dijo la escritora cochabambina en una entrevista con el periódico OPINIÓN.
La autoraCanedo es miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, correspondiente de la Real Española. En Bolivia fundó el Centro de Cultura Summa Artis, donde enseñó por varios años; literatura, mitología e historia del arte. Ha recibido importantes distinciones, como el premio Unicef a la personalidad del año en Nueva York, (1997) y de la Academia Internacional de Cultura Brasilense al Mérito Literario, Brasilia, (2005). Sus ocho libros publicados en varios países y por diferentes editoriales enriquecen la literatura boliviana.

lunes, 22 de febrero de 2010

Armando Alba y Gesta Bárbara

Sin duda el más notable potosino del último siglo Armando Alba quién fuera político, parlamentario, ministro y embajador en Madrid, reúne en sí tales cualidades y su extraño amor por la Casa de la Moneda que se ha convertido en algo inseparable a su trayectoria personal. Nacido con vocación por las letras empezó a escribir incluso poesía dedicada a su “María Luisa” inseparable de toda la vida. Jaime Alba formado ingeniero agrónomo se convirtió en gran impulsor de la quinua, así lo conocimos en Cochabamba, al mando de un equipo de técnicos auspiciados por una entidad del gobierno de EEUU para incentivar las plantaciones del producto, hoy ya famoso en todas partes del mundo. Y conocimos también a Maria Luisa Alba militante de las jóvenes católicas y dueña de un buen humor permanente y bonachona, dispuesta a tenderle la mano al amigo.

Armando Alba según refieren sus biógrafos intuyó la función de la Casa de la Moneda que tomó a su cargo, convirtiéndola de un cuchitril en un verdadero museo de carácter continental. Dicho en una frase, la historia detrás de la hazaña de Alba es colosal. La casona construida con las característica de una fortaleza de piedra había servido de todo caballeriza, cuartel, refugio de malandrines, cárcel, guarnición policial, etc., y lo poco que había quedado después del saqueo virtual a que la casona fue sometida con la llegada de los Ejércitos Libertadores argentinos, que como se sabe se llevaron todas las monedas de plata y otras cosas al nacer de la República por los 1820 , sirvió de base para edificar un museo, allí estuvo don Armando, armado de fe y coraje, consiguió los recursos merced a su prestigio y entrega personal, hasta logró que Argentina dispusiera de asesores especializados en dos materias, levantamientos de museos y restauración, pues merced al apoyo de las religiosas del Colegio Santa Rosa y de patricios potosinos se hizo de valiosas obras de arte, como las pinturas de Melchor Pérez de Holguín que recuperó de los hermanos Michel – Chacón según refiere Valentín Abecia cuando nos cuenta sobre los sitios donde se reunían los pioneros de Gesta Bárbara fundada en 1918. El primer sitio conocido donde tertuliaban los poetas, escritores y artistas está marcado con el número 101 de la calle Millares. Fue allí donde se editó La Revista que recogía todas las inquietudes de aquellos potosinos ilustres que daban vuelo a su pensamiento y se paseaban por el mundo entero en viajes imaginarios, haciendo vivir de ilusión y ensoñación a los privilegiados lectores de las letras impresas por Gamaliel Churata verdadero obrero de las letras, pero también Jefe de Redacción y autor él mismo de imborrables páginas.

Cuánta dedicación, capacidad, recursos y verdadera pasión puso Armando Alba en convertir a la Casa de la Moneda en lo que es hoy en día, un referente histórico de la Colonia, del tesoro del Cerro Rico, de las monedas legales que servían para negociar dentro y fuera del Reino de España, lo más notable es que antes de la Guerra del Chaco (1932 al 1935) los miembros de Gesta Bárbara incluido Armando se reunían en plena casona, desprovista de las comodidades de la vida moderna y soportando los rigores del invierno y otras estaciones en aquella fortaleza a donde no llegaban los rayos del sol. Cuántas historias, anécdotas, pasajes literarios, trozos de poemas se habrán desgranado en sus salas (hoy el Museo tiene 33 ambientes con diversos objetos de exposición) la agrupación legendaria reunía también a pintores, músicos, y según referencias de su producción artísticas eran “rebeldes” tanto por la influencia social del padre Zampa y del propio pensamiento social de la época que empezaba a echar sombras sobre el legado que nos había dejado la dominación colonial, ello explica que naciera y muriera después de corta existencia un grupo menor de escritores avanzados llamado La Palestra compuesto por Justo P. Ayala, Juan Manuel de la Quintana, Alfredo Vera Álvarez, Lucio Lanza Solares.

Al concluir mi tiempo en el Colegio Don Bosco de Sucre regresé a Potosí y por la muerte de mi padre llegué a formar parte de la familia Torres – Miranda, cuyo titular don Augusto Torres había merecido toda confianza de Armando Alba y lo nombró Contador. Largas tertulias sostuve con don Augusto, quién relataba pasajes sorprendentes del Administrador de la Casa de la Moneda, así supe por ejemplo que parte del patrimonio de la familia Alba se sumó a las fuertes erogaciones que demandaba mantener en pie el Museo que por entonces apenas tenía ingresos. Jaime Alba muchos años después confirmó lo mismo. “Mi padre quedó pobre debido a la Casona”. Lo evidente es que gracias al potosino ilustre se instaló una imprenta editorial cuya producción le significó saneados ingresos para subsidiar los ítems que producían pérdidas.

Alba que murió recién en 1974 a los 73 años de edad fue sucedido por mi condiscípulo de colegio, colega periodista y escritor Wilson Mendieta Pacheco aposentado entonces en Tarija quién puso énfasis en el trabajo de la editorial habiendo reimpreso algunas de las obras de Gesta Bárbara y otras muchas, resultó en todo caso digno sucesor de don Armando orientando en el mismo objetivo de darle vigencia al Museo como faro luminoso de la potosinidad que con el grupo preclaro de Gesta Bárbara primera época enriqueció la intelectualidad boliviana.